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lunes, octubre 12, 2026

El Día de la Hispanidad durante la Segunda República Española (1931-1939). Una reflexión.

El Día de la Hispanidad durante la Segunda República Española (1931-1939). Una reflexión.

El Día de la Hispanidad durante la Segunda República Española (1931-1939). Una reflexión.
El Día de la Hispanidad durante la Segunda República Española (1931-1939). Una reflexión.

Durante los años de la Segunda República Española (1931-1939), el 12 de octubrese convirtió en una fecha cargada de significado simbólico, reflejando tanto los cambios políticos como culturales del periodo, de esa forma se diferenciaba su celebración con respecto al régimen monárquico de Alfonso XIII. A lo largo de la democracia republicana, la manera de celebrarla varió notablemente entre los años de paz (1931-1936), y los años de Guerra de España (1936-1939), adaptándose a las circunstancias sociales, políticas y propagandísticas de cada momento, y mostrando cómo las conmemoraciones nacionales pueden ser instrumentos de cohesión o, como en el caso de la dictadura franquista, de manipulación ideológica.

En tiempos de paz (1931-1936): un símbolo de fraternidad y modernidad.

Durante los primeros años de la etapa democrática republicana, el 12 de octubre se celebró como el «Día de la Hispanidad», con un enfoque cultural y diplomático más que militar o nacionalista (tal y como se había hecho durante la monarquía alfonsina). La festividad, buscaba reforzar los lazos históricos y culturales con los países de América del sur (México, Argentina, etc), recuperando la dimensión de intercambio y cooperación cultural, política, etc, entre nuestro país y los países americanos antes mencionados. En 1931, el entonces presidente Niceto Alcalá-Zamora, acompañado de destacadas figuras destacadas de la época como Clara Campoamory Gregorio Marañón, realizó una llamada telefónica transatlántica a Buenos Aires, un gesto simbólico que reforzaba la idea de fraternidad y modernidad de la nueva República Española, vinculando el pasado histórico con un presente progresista.

En años posteriores, como en 1935, la celebración adquirió un carácter más formal y académico. Ramiro de Maeztu, en la Real Academia Española, pronunció un discurso sobre el descubrimiento y la colonización de América, destacando la importancia histórica de la relación hispanoamericana. Ese mismo año, en Sevilla, se inauguró el XXVI Congreso Internacional de Americanistas, una cita que reunía a expertos en historia y cultura americana, mostrando cómo la República española intentaba proyectarse como un país moderno, vinculado culturalmente con su legado histórico y con la comunidad internacional. Estas actividades subrayaban un doble objetivo: reconocer la herencia histórica y promover la imagen de un país abierto y progresista frente a un mundo cambiante.

Además, la prensa republicana español, como «El Sol» y «La Libertad», dedicó espacios a la conmemoración, publicando artículos escritos por personalidades importantes de la época que enfatizaban la importancia de la cooperación cultural y política con los países latinoamericanos.

Durante los años de la guerra (1936-1939).

Todo esto cambió tras el fracaso parcial del golpe de Estado y el estallido de la Guerra Civil en 1936, que transformó radicalmente la celebración del 12 de octubre, convirtiéndola en un instrumento de propaganda ultranacionalista y de legitimación política. En el territorio donde triunfó el golpe cívico-militar, la festividad se utilizó para “promover la unidad nacional”, reforzar la identidad de lo que los golpistas entendían de cómo debía ser la identidad española y consolidar un discurso que confrontaba al «enemigo rojo», asociado a los valores republicanos, democráticos y progresistas. La fecha se cargó de simbolismo patriotero, y se combinó con desfiles (en los que los primeros años no faltó la presencia italiana y alemana), actos militares y discursos que exaltaban la historia gloriosa de España y la misión civilizadora de la colonización americana.

En contraste, en la España que se mantuvo leal, la celebración del 12 de octubre fue mucho menos destacada. La prioridad del gobierno español (presidido por Largo Caballero o Negrín), estaba en la defensa territorial, la organización militar y la supervivencia de las instituciones democráticas frente a la agresión de los fascismos. La festividad adquirió un carácter secundario y muchas veces se sustituyó por actos de reafirmación local o por conmemoraciones más centradas en valores republicanos, laicistas y democráticos, reflejando la situación política y territorial del país durante la guerra.

Tras la victoria de los sublevados en 1939, el 12 de octubre se consolidó desde el oficialismo franquista como una festividad cuyo objetivo era exaltar la unidad de la «raza española”, glorificar la historia de la colonización de América y legitimar la ideología nacionalista y católica del régimen. La conmemoración se convirtió en un instrumento central de la propaganda franquista, que utilizaba el pasado histórico para reforzar la cohesión nacional y el control social, transformando un acto cultural y diplomático en un símbolo político al servicio del poder.

Para terminar, el estudio de la evolución del 12 de octubre ofrece una visión clara de cómo las festividades nacionales pueden ser utilizadas como herramientas políticas. Mientras que durante la Segunda República española en tiempos de paz se buscó promover la fraternidad y la modernidad, en tiempos de guerra y la posterior dictadura, la misma fecha se transformó radicalmente hasta convertirse en un símbolo de unidad ideológica por parte de las autoridades del nuevo régimen y legitimación del poder por parte de las mismas.



domingo, octubre 11, 2026

¿Porque Lula todavía puede ganar?



 Hay una diferencia entre estar al frente en una elección y tenerla ganada. Lula lo sabe. Sus adversarios también. Y las encuestas confirman que la disputa sigue en pie en la recta final.

El dato más elocuente es el equilibrio en la confrontación directa con Flavio Bolsonaro. Datafolha del 2 de octubre señaló que, en una eventual segunda vuelta, Lula contaba con 48% contra 45% de Flavio.

La encuesta de Atlas/Bloomberg, divulgada días antes, arrojó prácticamente un empate: 47,6% para Lula y 47,7% para Flavio. CNT/MDA arrojó 47,6% para Lula contra 43,1% para su adversario.

Por tanto, decir que Lula no tiene posibilidades sería tan errado como afirmar que su victoria está garantizada. Lo que existe es una elección sumamente cerrada, en la cual algunos factores todavía pueden favorecer al presidente.

El primero es el tamaño de su base electoral. Lula conserva una identificación política que ningún otro candidato de izquierda ha logrado construir a escala semejante.

Posee un electorado sólido entre los más pobres, en el Nordeste, entre los trabajadores de menos ingresos y entre partes importantes del electorado católico. Datafolha muestra que la aprobación de la gestión presidencial es mayor entre los electores de bajos ingresos, los nordestinos y los católicos.

Eso significa que Lula arranca hacia la segunda vuelta con un patrimonio electoral difícilmente despreciable. Su problema no es convencer a todos los brasileños. Es preservar su base y conquistar a una parte del electorado a la que no le gusta el PT, pero puede preferirlo a su adversario.

El segundo factor es el rechazo a Flavio Bolsonaro. La elección no es un mero plebiscito sobre Lula, sino también una opción por su adversario. Y, en la segunda vuelta, el elector que no desea votar por el presidente tendrá que decidir si le transfiere su voto a Flavio.

Esa es una cuestión decisiva. El bolsonarismo sigue movilizando a un electorado fiel, pero también carga con la herencia política de Jair Bolsonaro y un fuerte rechazo fuera de su campo. Flavio puede heredar el patrimonio electoral de su padre, pero ello no excluye sus limitaciones.

Las elecciones brasileñas suelen decidirse menos por el entusiasmo de los militantes que por la capacidad de un candidato de hacerse aceptable para quien no lo considera su primera opción.

El tercer fator es la economía. Aquí radica la mayor oportunidad y el mayor peligro para Lula. El gobierno llega a la elección enfrentando críticas sobre el costo de la vida, el precio de los alimentos, los impuestos y el endeudamiento. Datafolha registró en octubre una evaluación negativa del gobierno de 41% contra una positiva de 35%.

Pero la elección no se decide por indicadores económicos, sino por la percepción que el elector tiene de su propia vida. Si en las últimas semanas prevalece la sensación de que el empleo, las entradas y el consumo han mejorado, Lula podría transformar la campaña en una comparación entre gobiernos.

Si prevalece la sensación de ahogo financiero, será el candidato de la oposición quien explotará el descontento.

El elector puede perdonar muchas cosas cunado siente que su vida ha mejorado. Y rechazar casi todo cuando siente que ha empeorado.

¿Hacia dónde migrarán los votos de las candidaturas nanicas? Lula podrá atraer votos de electores que se identifican con el centro-izquierda y con sectores democráticos de centro. Flavio, por su parte, intentará reunir todo el campo antipetista. Es por eso que Lula precisa ser más candidato presidencial que candidato del PT.

A sus 80 años, Lula ya ha disputado y ganado elecciones en condiciones adversas. Tiene una extraordinaria capacidad de comunicación popular, conoce el país y domina como pocos el lenguaje de la política. Su experiencia le permite transformar una elección aparentemente desfavorable en una disputa entre proyectos.

No obstante, su desafío consiste en no imaginar que la memoria de sus dos primeros gobiernos basta para garantizar el futuro. Una parte significativa del electorado joven no vivió aquel período como adulto.

Para ese sector, Lula es una figura histórica. Por tanto, es necesario producir una razón actual para convencer al elector a votar por él. Puede ser la estabilidad contra la aventura, la democracia contra la radicalización, la protección social contra el retroceso y, sobretodo, la comparación entre lo que el gobierno da y lo que la oposición promete.

Lula todavía puede ganar porque la elección sigue abierta. Las encuestas arrojan una confrontación en el límite del margen de error, y la segunda vuelta tiende a reorganizar el campo político. Hay electores que todavía pueden cambiar su voto.

Por tanto, la cuestión no es saber si Lula tiene posibilidades matemáticas de ganar. Las tiene. La cuestión política es si logrará transformar su electorado fiel en una mayoría nacional. Si lo logra, ganará por cuarta vez una elección presidencial.

En 2026, Lula se debate contra el desgaste del poder, la inflación percibida en la bodega y el supermercado, el rechazo al PT y el cansancio de parte del electorado.

Y escribe un nuevo capítulo de su historia, que incluye una base social aún robusta y la posibilidad de que, en el momento decisivo, la mayoría prefiera la continuidad democrática a la aventurade un nuevo ciclo bolsonarista.

Es por eso que Lula todavía puede ganar.

Cuba":No es claudicación, es realismo revolucionario".

Ramón Labaniño 

Publicados en Un hilo de su perfil en facebook

Las 176 medidas.

"No es claudicación, es realismo revolucionario". 

Cuando en junio pasado la Asamblea Nacional aprobó las 176 medidas económicas, muchos en el extranjero se apresuraron a decir que estábamos virando al capitalismo. Nada más lejos de la realidad. Lo que hicimos fue aplicar una vieja lección del marxismo: cuando las fuerzas productivas chocan con las relaciones de producción que ya no les dan cauce, hay que ajustarlas. No es claudicación, es realismo revolucionario. El bloqueo nos ha estrangulado, y la planificación central, por sí sola, ya no podía con todo. Por eso recurrimos a mecanismos de mercado, pero sin perder el control político ni la propiedad social sobre los medios fundamentales. Es, en esencia, una actualización necesaria, comparable en espíritu —aunque no en forma— a la NEP que impulsó Lenin en Moscú, 1921. El mercado como instrumento, no como fin.



Quienes vivimos el día a día en Cuba sabemos que el 2026 no es un año más. La aprobación de esas 176 medidas ha generado un debate intenso, dentro y

 fuera del país. Hemos escuchado de todo: que si el socialismo se termina, que si es una rendición ante el imperio, que si estamos copiando modelos neoliberales. Pero el estudio de la economía política desde la perspectiva marxista leninista demuestra todo lo contrario.


Esto no es un cambio de rumbo, es una corrección de tiro. Y no es la primera vez que el socialismo recurre al mercado para sobrevivir. Lenin lo hizo en 1921 con la NEP, y no por eso dejó de ser socialista. Lo que pasa es que a veces confundimos los instrumentos con los fines. El fin sigue siendo el mismo: construir una sociedad más justa, con soberanía y bienestar para nuestro pueblo. Lo que cambian son las herramientas, y eso lo dicta la realidad, no los manuales.


En este trabajo no voy a repetir lo que ya han dicho otros. Quiero compartir mi análisis, desde la experiencia y desde la teoría, de por qué estas reformas no solo son necesarias, sino que están profundamente enraizadas en la tradición marxista-leninista. Y ojo: no son perfectas, tendrán contradicciones, pero es mejor avanzar con correcciones que quedarnos paralizados mientras el bloqueo nos asfixia.


Bases teóricas: por qué el materialismo histórico nos obliga a cambiar.

A veces se olvida que el marxismo no es un dogma, es un método de análisis. Y si aplicamos ese método a la realidad cubana actual, llegamos a una conclusión incómoda pero ineludible: nuestras relaciones de producción se habían quedado rezagadas frente al desarrollo de las fuerzas productivas. No porque los planificadores sean malos, sino porque el contexto cambió drásticamente.


Cuando desapareció el campo socialista, perdimos un mercado y un apoyo financiero que eran vitales. Y cuando el bloqueo se recrudeció —especialmente en los últimos años—, la capacidad de nuestra planificación central para asignar recursos se vio seriamente limitada. No es culpa de nadie en particular, es una contradicción objetiva, de esas que Marx y Engels ya describieron en Bruselas, 1845-1846 (La Ideología Alemana): cuando las relaciones de producción se convierten en trabas, hay que transformarlas.


Eso es lo que hemos hecho. No por capricho, es porque la realidad nos empujó. Y aquí quiero ser claro: el presidente Díaz-Canel lo ha planteado con sinceridad: no se trata de abandonar el socialismo, sino de preguntarnos cómo lo hacemos viable bajo un bloqueo que ya dura más de seis décadas. Esa pregunta no tiene respuesta fácil, pero Lenin nos enseñó que la teoría es guía para la acción, no recetario. Él mismo lo subrayó en Ginebra, 1908 (Materialismo y Empiriocriticismo) y también en sus Cuadernos filosóficos, escritos entre 1914 y 1916, donde insistió en que cada época exige sus propias soluciones.


El bloqueo, como bien lo definió Lenin en Zúrich, 1916 (El Imperialismo, fase superior del capitalismo), es una herramienta del capital financiero para doblegar a los pueblos rebeldes. Y nosotros, los cubanos, lo sabemos mejor que nadie. Nos ha impedido acumular, nos ha cortado el acceso a tecnología, nos ha encarecido todo. Frente a eso, las reformas no son una concesión, son una respuesta necesaria. Usar el mercado para resolver lo que la planificación ya no puede resolver sola no es traición, es creatividad revolucionaria.


¿Qué cambia y qué no cambia?

Aquí hay que hacer una distinción que a menudo se pierde en el debate: la propiedad de los medios fundamentales de producción sigue siendo estatal y social. Eso no se negocia. Lo que cambia es la gestión, la operativa. Y eso no es poco, pero tampoco es privatización.


El sistema bancario


Se ha dicho que permitir instituciones financieras privadas es el fin del control estatal. No es así. El Banco Central mantiene la supervisión y la rectoría sobre los sectores estratégicos. Lo que hacemos es ampliar el ecosistema financiero, porque necesitamos más fuentes de crédito e inversión. La banca estatal no va a desaparecer, pero sí va a coexistir con actores privados que canalicen el ahorro interno y las remesas de nuestros compatriotas en el exterior. Eso lo ha explicado bien el primer ministro Manuel Marrero (2026): se trata de tener un sistema más diverso, más flexible, pero vigilado. No es rendirse, es adaptarse. Y en esto seguimos la línea que Lenin trazó en Zúrich, 1916, al advertir sobre la necesidad de usar el capital externo sin perder el control político sobre los destinos del país.


Las MIPYMES y la inversión extranjera


Otro punto que ha generado polémica es la ampliación del límite de trabajadores para las MIPYMES, o que una misma persona pueda ser titular de varias empresas. También la apertura del sector agropecuario a estas formas de gestión. Yo veo esto como un reconocimiento de la capacidad productiva del sector no estatal, que ya ha demostrado su eficacia en muchos rubros. No estamos hablando de grandes capitalistas, sino de pequeños y medianos productores que, insertos en la economía nacional, pueden aportar mucho. Hasta ahora se han aprobado 12,751 MIPYMES no estatales, y hay miles más en trámite (Marrero Cruz, 2026).


Y la inversión de cubanos residentes en el exterior, con usufructo de tierras por hasta 99 años, es una medida audaz, pero no se cede la propiedad. Se asegura un flujo de divisas que necesitamos como el aire. Es supervivencia, no entrega.


La empresa estatal se transforma.


Quizás lo más revolucionario —y lo más riesgoso— es convertir empresas públicas en sociedades mercantiles, con autonomía de gestión y expuestas incluso a reestructuraciones si acumulan pérdidas. También se permitirá participación accionarial cruzada entre empresas estatales y privadas. El objetivo es claro: hacer más eficiente el sector estatal, sanearlo, evitar el derroche. Marx ya mostró en Londres, 1894 (El Capital, Tomo III) cómo la competencia y la eficiencia son fuerzas objetivas que, incluso en el socialismo, deben ser gestionadas para evitar el derroche. El Estado sigue siendo el regulador, pero ya no el gestor único. Se implementará, además, un programa de valoración y titulación de activos para que las empresas estatales puedan usar sus activos como garantía para préstamos. Es un cambio profundo, pero necesario.


 La ley del valor en el socialismo: ¿contradicción o complemento?

Uno de los debates más interesantes es el papel de la ley del valor en el socialismo. Marx nos enseñó en Londres, 1867 (El Capital, Tomo I) que la ley del valor no desaparece mientras exista producción mercantil. No podemos ignorarla, pero sí subordinarla a la planificación. Eso es precisamente lo que buscamos: corregir distorsiones de precios y asignación de recursos usando señales de mercado, pero sin perder el rumbo estratégico.


El Estado pasa de ser fijador de precios a regulador mediante impuestos, aranceles y un fondo de protección social focalizado. Se eliminan subsidios universales y se concentran en los más vulnerables. Esto es un cambio sustancial. Marrero (2026) ha señalado que el Presupuesto del Estado subsidiaba el sector empresarial con 92.5 mil millones de pesos, la mitad de los cuales iban a parar a las tarifas eléctricas. Revisar y eliminar gradualmente esa carga es coherente con una gestión socialista racional, como ya apuntaba Engels en Londres, 1877 (Anti-Dühring), al advertir que los subsidios generalizados pueden distorsionar la ley del valor y generar ineficiencias. Y en esto seguimos también el camino que Lenin abrió en Moscú, 1921 (Sobre el plan económico único), cuando aceptó el comercio como complemento necesario de la planificación.


El bloqueo sigue siendo el problema de fondo

Todas estas reformas son, en gran medida, una respuesta al bloqueo. Si no existiera ese cerco económico, quizás no necesitaríamos tantos cambios. Pero la realidad es la que es. Al abrir la economía a la inversión de la diáspora —que no está sujeta al bloqueo— y a nuevas formas de comercio, buscamos diversificar fuentes de financiamiento y reducir nuestra dependencia de actores hostiles. El uso de criptomonedas para pagos internacionales, autorizado por el Banco Central, es otro ejemplo de adaptación creativa. Lenin nos advirtió en Zúrich, 1916 que la lucha por la soberanía económica pasa por romper los mecanismos de dependencia financiera. Vamos en esa dirección.


¿Nuevos empresarios, nueva burguesía?

Con estas reformas, hay una transferencia de poder de decisión desde la burocracia estatal hacia los gestores empresariales. Pero el Estado cubano, como instrumento de la clase obrera —en la tradición de la «dictadura del proletariado» que Lenin desarrolló en Petrogrado, 1917 (El Estado y la Revolución)— mantiene su capacidad de rectoría a través de la regulación, la supervisión bancaria y la política fiscal.


Surge, eso sí, una nueva capa social de empresarios privados. ¿Es eso la restauración de una burguesía? Yo no lo creo. Son pequeños y medianos productores, insertos en la economía nacional y dependientes del marco regulatorio que establece el Estado socialista. Lenin ya enfrentó este desafío en Moscú, 1918 (Las Tareas Inmediatas del Poder Soviético), cuando con la NEP sostuvo que el Estado obrero puede tolerar el capital privado siempre que mantenga el control de los «puestos de mando». El reto actual es asegurar que el excedente generado se reinvierta en el país y no se fugue al exterior. Para eso están los mecanismos de control y supervisión.


A modo de cierre

Desde una perspectiva marxista-leninista, las medidas de junio de 2026 son una postura estratégica necesaria, comparable en espíritu a la NEP que Lenin impulsó en Moscú, 1921, pero adaptada a las condiciones concretas de la Cuba del siglo XXI. Son el resultado de la búsqueda de un nuevo equilibrio entre el poder del Estado y la eficiencia del mercado, impulsada por una necesidad material e histórica que Marx y Engels ya vislumbraron en Londres/Bruselas, 1848 (Manifiesto del Partido Comunista): la revolución permanente de las fuerzas productivas exige transformaciones constantes en las relaciones sociales.


El verdadero criterio para evaluarlas no será solo ideológico, sino práctico: ¿se traduce el excedente generado en mejoras de la calidad de vida, en sostenibilidad de los servicios públicos, en fortalecimiento de la soberanía nacional? El Partido y el gobierno han asumido este desafío con la claridad de que la historia no se repite, pero que la teoría marxista-leninista nos da las herramientas para interpretar y transformar la realidad, siempre que se aplique con creatividad y apego a las condiciones concretas del país, tal como Lenin defendió en Ginebra, 1908 (Materialismo y Empiriocriticismo), al subrayar el carácter práctico y dialéctico del conocimiento.


Una premisa esencial, que no debe perderse de vista, es que ni el mercado ni la propiedad privada están por encima de los intereses del pueblo y del Partido Comunista de Cuba. La soberanía popular y la dirección del Partido se anteponen al mercado, buscando siempre satisfacer las necesidades de la nación. No hay tiempo que perder, como tampoco hay espacio para quienes detengan, burocraticen, corrompan o traicionen la voluntad de nuestro pueblo de avanzar hacia una mejor calidad de vida, independencia y soberanía. Cambiemos todo lo que debe ser cambiado, como expresara el Comandante Fidel Castro en su definición de Revolución. Eso implica también renovar los cuadros que no estén a la altura de estos tiempos.

  

viernes, octubre 09, 2026

¿Quedan “juancarlistas”?

Josefine Table y Javirroyo participan en ‘La democracia ilustrada’, serie que forma parte de 'La memoria que somos', el proyecto sobre memoria que 'infoLibre' desarrolla con el apoyo del Comisionado para la Celebración de los 50 años de España en libertad.

“Juro por Dios y sobre los Santos Evangelios, cumplir y hacer cumplir las Leyes Fundamentales del Reino y guardar lealtad a los principios que informan el Movimiento Nacional”. 22 de noviembre de 1975. Juan Carlos de Borbón enunciaba con solemnidad tal sentencia en su proclamación como rey de España. El dictador había fallecido tan solo dos días antes, las Cortes preconstitucionales enjugaban pañuelos blancos in memoriam del generalísimo, los ojos atentos de los invitados de honor, el general Augusto Pinochet y el rey Hussein de Jordania, seguían la celebración con expectación. Costaba creer que se estuviera dando un cambio de régimen.

Cinco décadas después de aquel momento, la historiografía matiza el “papel heroico” que cumplió el rey Juan Carlos. Tal vez, con la lectura de las líneas anteriores, no sea necesario puntualizarlo pero, por si fuese necesario, no nos encontrábamos ante un demócrata convencido que diseñó unilateralmente el paso a la democracia. Ni mucho menos. Su posicionamiento fue más bien cambiante y pragmático.

Inicialmente concebido por el propio Franco y por los sectores más inmovilistas como un continuador de un régimen “atado y bien atado”, el monarca supo leer con agudeza la crisis estructural del franquismo tardío y la presión internacional y social. Como han advertido los historiadores Carme Molinero y Pere Ysàs (La Transición. Historias y relatos, 2024), la mayor prioridad de Juan Carlos I era garantizar la supervivencia y consolidación de la monarquía por encima de cualquier cosa. Por lo tanto, el giro reformista no obedecía a un plan democrático previo, sino al cálculo de que la homologación con las monarquías parlamentarias europeas era la única vía de supervivencia para la dinastía frente al desmoronamiento dictatorial y el empuje de la oposición antifranquista. Así, haciendo uso de los poderes que le otorgaba la Jefatura del Estado se convirtió en uno de los artífices políticos que definieron que el cambio político se diera sin una ruptura con el sistema, sino más bien desde un paulatino y parcial desmantelamiento institucional, de la ley a la ley.

La canonización y beatificación de Juan Carlos empezó en esos momentos y se engrandeció en los años siguientes, hasta que el Santo cayó por su propio peso. Pero sea como fuere, su papel no fue más importante en la construcción de la democracia que la movilización ciudadana. Siguiendo los estudios de Pamela Radcliff (La construcción de la ciudadanía democrática en España, 2019) podemos suponer que, sin el intenso ciclo de movilización obrera, vecinal, feminista y antifranquista que se venía gestando desde los años cincuenta, y que alcanzó su cénit a finales de los sesenta y principios de los setenta, los cambios institucionales hubieran sido más limitados, no habrían sido posibles o no habrían tenido la profundidad homologable a una democracia occidental

Sin embargo, parece que el debate no está zanjado. Leíamos a Juan Carlos I afirmar en sus memorias que “tras cuarenta años de dictadura le dio a los españoles una democracia que sigue viva y es su herencia” y observábamos con atención como la desclasificación de documentación sobre el golpe de Estado del 23F servía para algunos sectores como pretexto para retomar la idea del rey emérito como pilar indiscutible en la consolidación de la democracia. Y no será porque el rey emérito no ha dado motivos para el ostracismo ciudadano: irregularidades fiscales, negocios opacos, una clamorosa falta de ejemplaridad ética y un rechazo absoluto a la autocrítica. Como con una pareja tóxica: nada que no pudiera solucionarse con un “Lo siento mucho. Me he equivocado y no volverá a ocurrir” y una mudanza a Abu Dabi seis años después. Al fin y al cabo, es un Borbón. Habrá que excusarle.

La crisis de la monarquía se solucionó de tal manera, “ojos que no ven, monarquía que se salva”. La ciudadanía española está hastiada de la figura del anciano emérito, pero ello no ha hecho tambalear su poder: casi como si la figura del rey fuera inviolable, casi como si estuviera blindado en la Constitución. Pero su incuestionabilidad no es una cuestión menor porque cuando hablamos de Juan Carlos, hablamos del mito; del mito de un rey, nombrado sin referéndum, al que se asoció la legitimidad y pervivencia de la incipiente democracia. En definitiva, un rey blindado por derecho y por conveniencia.

Sin embargo, el pueblo español ya no es menor de edad, nunca lo fue. No necesitaba de un tutor putativo que supervisara su “conducta democrática”, ni tampoco necesita un rey salvo si es para dar “no ejemplaridad”, para contradecir los principios más elementales de una democracia plena, para atentar contra la igualdad ante la ley y para recordarnos que, al margen del Antiguo Régimen, algunos todavía son inviolables.

27 de septiembre, un nuevo aniversario del fusilamiento de 5 militantes antifascistas;ni olvido ni perdón

  

Impunidad para los asesinos: La llamada ley de amnistía incluyó el perdón para las autoridades, policías y jueces franquistas que hubieran cometido abusos o violaciones de derechos humanos, incluidos estos asesinatos. La llamada justicia española ha utilizado esta norma y la prescripción de los delitos para archivar cualquier intento de juzgar los crímenes de la dictadura en los tribunales ordinarios.

La posterior «Ley de Memoria Histórica declaró la «ilegitimidad» de los tribunales de excepción franquistas (como los que dictaron los fusilamientos), pero no anuló formalmente sus condenas.

 

Carta de despedida de José Humberto Baena Alonso

26 de septiembre de 1975 (víspera de su ejecución)

Papá, mamá:

Me ejecutarán mañana de mañana [27 de septiembre de 1975]. Quiero daros ánimos. Pensad que yo muero pero que la vida sigue. Recuerdo que en tu última visita, papá, me habías dicho que fuese valiente, como un buen gallego. Lo he sido, te lo aseguro. Cuando me fusilen mañana pediré que no me tapen los ojos, para ver la muerte de frente.

Siento tener que dejaros. Lo siento por vosotros que sois viejos y sé que me queréis mucho, como yo os quiero. No por mí. Pero tenéis que consolaros pensando que tenéis muchos hijos, que todo el pueblo es vuestro hijo, al menos yo así os lo pido. ¿Recordáis lo que dije en el juicio? Que mi muerte sea la última que dicte un tribunal militar. Ese era mi deseo. Pero tengo la seguridad de que habrá muchos más. ¡Mala suerte! ¡Cuánto siento morir sin poder daros ni siquiera mi último abrazo! Pero no os preocupéis, cada vez que abracéis a Fernando, el niño de Mary, o a Manolo haceros a la idea de que yo continúo en ellos. Además, yo estaré siempre con vosotros, os lo aseguro. Una semana más y cumpliría 25 años. Muero joven pero estoy contento y convencido. Haced todo lo posible para llevarme a Vigo. Como los nichos de la familia están ocupados, enterradme, si podéis, en el cementerio civil, al lado de la tumba de Ricardo Mella. Nada más. Un abrazo muy fuerte, el último.

Adiós papá, adiós mamá.

Vuestro hijo, José Humberto