“Quien tenga un concepto tradicional de la política podrá sentirse pesimista ante este cuadro de verdades. Para los que tengan, en cambio, fe ciega en las masas, para los que crean en la fuerza irreductible de las grandes ideas, no será motivo de aflojamiento y desaliento la indecisión de los lideres, porque esos vacíos son ocupados bien pronto por los hombres enteros que salen de sus filas” Fidel Castro 16 de agosto de 1952. Email: bolchevismosevilla@yahoo.es
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sábado, febrero 14, 2026
Amor revolucionario.
viernes, febrero 13, 2026
Los sueños de Donald Trump pueden transformarse en pesadillas.
Por Arthur González.
El presidente Donald Trump estimulado por Marco Rubio, sueña con derrumbar el gobierno socialista de Cuba, algo que puede transformarse en terrible pesadilla si calcula mal sus pasos, pues los cubanos tienen una estirpe diferente a otros países y siempre han estado dispuestos a dar hasta la vida por defender su libertad y soberanía.
Si quiere comprobarlo puede preguntarle a España para que le relate como los cubanos quemaron ciudades para no entregárselas y resistieron hasta la reconcentración criminal de campesinos, impuesta durante la guerra de 1895 por el militar español Valeriano Weyler, para impedir el apoyo a los mambises que luchaban contra el yugo colonial.
Desde 1960 los cubanos resisten estoicamente las medidas de guerra económica diseñada por Estados Unidos para impedir el desarrollo del país, unido a múltiples actos terroristas financiados y organizados por la CIA, contra las industrias y la agricultura, planes de asesinato a sus líderes, una invasión mercenaria, guerra psicológica con el propósito de amedrentar y confundir a la población, entre ellas la execrable Operación Peter Pan, mediante la cual sacaron de la Isla a 14 mil 48 niños sin sus padres, además del reclutamiento de altos funcionarios para obtener información y obstaculizar el avance de la Revolución.
Ninguna de estas acciones tuvo éxito y Cuba sigue adelante, a pesar de tantas trabas imperialistas.
Entre 1989 y 1991 se desmoronó el socialismo europeo y la URSS, producto de los planes y medidas de Estados Unidos, entre ellos el Programa Democracia ejecutado por Ronald Reagan y la estrategia plasmada por el Comité de Santa Fe, el reclutamiento por la CIA de altas personalidades del partido comunista y del gobierno, profesionales en las esferas económica y las finanzas de aquellos países socialistas.
Los yanquis hicieron hasta lo imposible por empujar a Cuba al mismo barranco, pero se quedaron con las ganas porque los cubanos resistieron unidos todas las penurias, sabiendo lo que podían sufrir.
Cuba perdió de un plumazo el comercio que mantenía con ese bloque europeo y su producto interno bruto (PBI) sufrió una caída del 37 por ciento, situación que no soportaría otra nación. Sin embargo, Cuba resistió y salió adelante con Fidel Castro al frente.
Estados Unidos, “campeón de los derechos humanos”, hizo hasta lo imposible para estrangular la economía cubana para rendir a su pueblo por hambre y enfermedades.
Para ello, en 1992 el presidente George H. Bush firmó la Ley Torricelli (Cuban Democracy Act), que reforzó el Bloqueo económico, comercial y financiero, limitando el desarrollo del comercio exterior, al prohibir que las subsidiarias de empresas estadounidenses en terceros países puedan hacer negocios con Cuba, entre otras medidas coercitivas.
Esa ley tampoco dio resultados y la Revolución siguió adelante.
Estimulados por fuertes campañas psicológicas estructuradas por Estados Unidos, la negativa de visas para emigrar, unido a las limitaciones económicas que produce la guerra económica, en agosto de 1994 miles de cubanos salieron a las calles de La Habana a protestar contra la Revolución, lo que se conoce como el “Maleconazo”, agrupándose en las costas para lanzarse al mar en busca del paraíso yanqui.
Cuba tomó la decisión de dejarlos marchar y se volvió a crear una complicada situación para los yanquis que estimulaban las salidas ilegales. Eso dio lugar a un nuevo acuerdo migratorio entre ambos países y la Revolución continuó en pie de lucha.
Al percatarse la mafia terrorista anticubana que un posible acercamiento entre Bill Clinton y Fidel Castro podría conllevar a una mejoría en las relaciones, prepararon una operación encubierta para provocar al gobierno cubano a responder con firmeza, ante las constantes violaciones del espacio aéreo cubano que ejecutaba una organización fabricada con apoyo de la congresista anticubana Ileana Ros-Lehtinen, que lanzaba millones de proclamas contrarrevolucionarias sobre la ciudad.
Después de reiteradas advertencias del gobierno cubano y mensajes enviados al presidente Clinton, el 24 de febrero de 1996 volvieron a violar el espacio aéreo de La Habana, siendo derribados dos aviones de la organización Hermanos al Rescate, que habían partido de un aeropuerto de Miami.
Todo estuvo planificado por la mafia anticubana y la respuesta de Cuba les permitió exigirle al presidente yanqui, que firmara la “Ley para la “Libertad y la Solidaridad Democrática Cubana”, conocida como Ley Helms-Burton preparada de antemano. Dicha ley tiene un carácter extraterritorial, al penalizar a empresas extranjeras que invierten en propiedades expropiadas por la Revolución y codificó el Bloqueo, quitándole al presidente de Estados Unidos la posibilidad de eliminarlo sin la previa aprobación del Congreso.
Pero tampoco pudieron derrocar el socialismo cubano.
Barack Obama durante su presidencia realizó un giro de 180 grados a la estrategia para derrocar a la Revolución, no por la asfixia económica sino por la influencia ideológica que podían ejecutar los visitantes yanquis a la Isla y durante las visitas a Estados Unidos de funcionarios, artistas, deportistas, académicos, científicos, intelectuales y religiosos cubanos, pero sin eliminar las medidas del Bloqueo.
Por el contrario, Obama fue el presidente que más sanciones impuso a la banca internacional por ejecutar transferencias con Cuba, a pesar del restablecimiento de las relaciones diplomáticas, cortadas por Washington el 3 de enero de 1961.
Su estrategia no logró los resultados planificados.
Donald Trump en su primer mandato presidencial (2017-2021), eliminó la directiva presidencial de Obama e impuso nuevas sanciones económicas y financieras, incrementó la presión sobre bancos y empresas extranjeras que operaban con Cuba. Restringió al máximo los viajes a la isla y suspendió la emisión de visas en La Habana, obligando a los cubanos a solicitarlas en terceros países, producto de una historia fantasiosa diseñada por la CIA, sobre supuestos ataques acústicos. Como colofón, reincorporó a Cuba a la lista de Estados Patrocinadores del Terrorismo.
Trump abandonó la Casa Blanca sin ver el fin del socialismo en Cuba.
Ahora en su segundo mandato, a pesar de estar sancionado en los tribunales por 32 delitos, unido al escándalo de pedofilia según consta en los archivos del enfermo sexual Jeffrey Epstein, continua con la política de estrangulamiento económico a Cuba, estimulado por su secretario de Estado Marco Rubio, miembro de la mafia anticubana de Miami, y declaró a Cuba como un país que “afecta la seguridad nacional de Estados Unidos”, amenazando con imponerle altos aranceles a los países que vendan petróleo a la isla.
Con esto, pretende provocar un colapso en los servicios básicos, incluidos los de salud, educación, transporte, traslado y distribución de alimentos, más la producción agrícola, con el sueño de desencadenar protestas populares contra el gobierno revolucionario.
En junio de 1960 el presidente D. Eisenhower intentó hacer algo semejante, al coordinar con las empresas petroleras yanquis presentes en la Isla el corte de los envíos de petróleo y prohibir el procesamiento del petróleo de otros países en sus refinerías. Como respuesta Cuba las nacionalizó, basado en la Ley de Minerales y Combustibles de mayo de 1938.
En días pasados, especialistas y conocedores del tema cubano, entre ellos Vicki Huddleston, ex jefa de la Sección de Intereses de Estados Unidos en Cuba, expresaron que la actual política de Trump-Rubio será un fracaso, por desconocer la conciencia nacional de los cubanos.
Quienes en Estados Unidos sueñan con doblegar al pueblo cubano, deben tener presente lo expresado por José Martí en su obra literaria Abdala:
El amor madre a la patria
No es el amor ridículo a la tierra
Ni a la yerba que pisan nuestras plantas;
Es el odio invencible a quien la oprime,
Es el rencor eterno a quien la ataca.
Unidas por Extremadura analizan los datos de las elecciones aragonesas
Opinión | Aragón: la lección ya está aprendida, ¿empezamos a trabajar?
sobre cómo la izquierda insiste en sorprenderse de aquello que se niega a corregir.
Por Javier F. Ferrero
Aragón no ha emitido un mensaje ambiguo. Ha pronunciado una frase completa, con sujeto, verbo y consecuencias en lugar de predicado. El problema no es que no se entienda. El problema es que no se quiere asumir.
El PP gana con 26 escaños, pese a perder apoyos. Vox dobla su fuerza hasta 14 y se convierte en el eje real del poder. El PSOE cae a su mínimo histórico con 18. Podemos desaparece, IU-Sumar sobrevive, Teruel Existe se debilita y CHA crece. No hay misterio. Hay estructura. Y hay una lección que ya no es nueva, solo reiterada.
La política contemporánea no castiga la incoherencia moral, castiga la falta de eficacia material. El progresismo patrio lleva demasiado tiempo confundiendo la primera con la segunda. Cree que basta con tener razón para ganar. Cree que basta con advertir del peligro para evitarlo. Cree que señalar al monstruo lo debilita. Pero el monstruo no vive del miedo que genera, sino del vacío que ocupa.
Vox no avanza porque convenza, sino porque resuelve una ecuación básica del poder: ofrece certezas simples en un escenario de renuncias complejas. No importa que sean falsas. Importa que sean claras. Frente a eso, la izquierda comparece con matices, excusas y pedagogía tardía. Y la pedagogía, cuando llega después de la decepción, suena a justificación.
El PSOE encarna mejor que nadie esta contradicción. Ha interiorizado la idea de que gobernar consiste en no tocar demasiado. Vivienda sin confrontar al mercado. Fiscalidad sin incomodar a los grandes patrimonios. Ley mordaza sin derogar. OTAN como dogma. Gasto militar en aumento mientras los servicios públicos siguen en tensión. Derechos humanos defendidos solo cuando no interfieren con intereses estratégicos.
Ese conjunto no es neutral. Es una posición política, aunque se disfrace de responsabilidad.
El resultado no es solo desafección. Es algo más grave: desmovilización ética. Cuando amplios sectores sociales perciben que vote quien vote hay líneas que no se cruzan, la política deja de ser una herramienta de transformación y pasa a ser un ritual vacío. Y los rituales vacíos no generan lealtad, solo abandono.
A la izquierda del PSOE, el problema adopta otra forma, pero comparte fondo. La fragmentación se ha naturalizado como si fuera pluralismo. No lo es. Es incapacidad para construir poder compartido. Cada proyecto protege su identidad como si fuera un patrimonio en peligro, mientras el terreno común se erosiona. El resultado no es diversidad, es irrelevancia acumulada.
CHA demuestra que otra lógica es posible, pero también señala el límite. Crecer desde el arraigo y la coherencia funciona, pero no basta si no existe un horizonte común. La suma no se produce por afinidad ideológica, sino por voluntad de construcción. Y esa voluntad brilla por su ausencia en el conjunto de la izquierda estatal.
Aquí aparece la dimensión más incómoda del momento político: la izquierda ha olvidado que el poder no es un subproducto del discurso, sino su condición de posibilidad. Sin poder no hay políticas públicas. Sin políticas públicas no hay mejora material. Sin mejora material no hay relato que resista.
Y sin relato, el miedo gana por incomparecencia del adversario.
Aragón no es una excepción territorial. Es un síntoma sistémico. Ocurre cuando se gobierna sin disputar. Cuando se administra sin transformar. Cuando se confunde moderación con prudencia y prudencia con renuncia. La derecha puede perder votos y aun así ganar poder porque sabe para qué quiere gobernar. La izquierda, demasiadas veces, parece gobernar para no perder.
La pregunta, por tanto, no es si la lección está clara. Lo está desde hace tiempo. La pregunta es otra, más incómoda y menos retórica: ¿hay voluntad real de cambiar el marco o solo de gestionarlo un poco mejor?
Porque si la respuesta es la segunda, Aragón no será una advertencia. Será solo otro capítulo más de una historia que ya conocemos demasiado bien.
La caída de la URSS: una tragedia para la humanidad, pero no el fin de la historia
Publicado por MLToday | 13 de enero de 2026 | Socialismo Hoy | 1
Por Nikos Mottas
26 de diciembre de 2025 En defensa del comunismo
La contrarrevolución de 1991, por lo tanto, marcó mucho más que un realineamiento geopolítico. Señaló la restauración del poder capitalista , la privatización de la riqueza social creada por generaciones de trabajadores y el hundimiento de millones de personas en la pobreza, la inseguridad y la degradación social. La esperanza de vida se desplomó, la desigualdad se disparó y la promesa de la modernidad socialista fue sustituida por el saqueo oligárquico. La tragedia fue real, medible y vivida.
Sin embargo, para comprender 1991, hay que resistirse a la ficción conveniente de que todo se desmoronó repentinamente a finales de los años ochenta. La contrarrevolución no fue un accidente, ni meramente el resultado de la presión externa del imperialismo. Fue el resultado de un largo proceso de retroceso ideológico y erosión estructural dentro del propio socialismo.
Un punto de inflexión decisivo llegó mucho antes, en el XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética en 1956. Bajo la bandera de corregir errores pasados, una necesidad legítima de reflexión crítica se transformó en algo mucho más dañino: un repudio de principios marxistas-leninistas clave , sobre todo la comprensión de que la lucha de clases no desaparece automáticamente bajo el socialismo.
La idea de que el socialismo había resuelto esencialmente los antagonismos de clase fomentó una peligrosa complacencia. La vigilancia ante el resurgimiento de las relaciones sociales burguesas se debilitó. El contenido revolucionario del poder proletario fue reemplazado gradualmente por una concepción administrativa y tecnocrática de la gobernanza. Este cambio ideológico pronto encontró expresión en la política económica.
Poco a poco, los criterios capitalistas se reintrodujeron en la economía socialista. Los indicadores de beneficios, la autonomía empresarial y la elevación de las relaciones entre la mercancía y el dinero comenzaron a influir en las decisiones de planificación. Lo que antes eran instrumentos técnicos subordinados a objetivos sociales se convirtieron cada vez más en principios rectores . La eficiencia, la reducción de costes y la competitividad —conceptos arraigados en la lógica capitalista— se consideraron herramientas neutrales en lugar de categorías con una carga social.
Estos cambios no fueron superficiales. Alteraron las propias relaciones sociales. Los estratos directivos acumularon poder informal, la tecnocracia se expandió y las desigualdades materiales, aunque aún limitadas, se acentuaron y se volvieron socialmente corrosivas. Dentro de sectores del partido y del aparato estatal, el socialismo pasó a ser visto menos como un proceso revolucionario que requería una lucha constante y más como un sistema que debía ser "optimizado" mediante ajustes propios del mercado. Esto no fue una reforma en sentido socialista; fue la relegitimación gradual de las normas burguesas dentro de un marco formalmente socialista.
Cuando surgió la Perestroika en la década de 1980, no introdujo elementos extraños en un organismo sano. Aceleró tendencias ya presentes , transformando concesiones parciales en un desmantelamiento total de la planificación, la propiedad social y el poder político de la clase trabajadora. La contrarrevolución triunfó no porque el socialismo fuera inviable, sino porque había sido sistemáticamente socavado desde dentro.
Igualmente decisiva —y a menudo pasada por alto— es la pregunta de por qué la clase obrera soviética no intervino decisivamente para detener este proceso. La respuesta no reside en la apatía, la pasividad ni la traición de las masas. Reside en su gradual desarme político e ideológico .
Durante décadas, los trabajadores experimentaron el socialismo principalmente como una realidad estable, más que como una conquista que requería una defensa activa. El empleo, la vivienda, la atención médica y la educación estaban garantizados, pero la participación directa en la toma de decisiones reales se redujo progresivamente . Los sindicatos funcionaron cada vez más como organismos administrativos y de bienestar social, en lugar de ser escuelas de lucha de clases y órganos de poder obrero. La distancia entre la clase trabajadora y los centros de autoridad política se amplió.
Al mismo tiempo, la erosión de la educación marxista debilitó la conciencia de clase. Si la explotación se declaraba oficialmente abolida de una vez por todas, la posibilidad de su restauración parecía impensable. Cuando las relaciones capitalistas comenzaron a resurgir abiertamente, a menudo se presentaban no como contrarrevolución, sino como "reformas", disfrazadas con el lenguaje de la democratización, la modernización y la eficiencia.
Esto dejó a la clase obrera fragmentada organizativamente, desorientada ideológicamente y políticamente desprevenida . El referéndum de marzo de 1991, donde una clara mayoría votó por preservar la Unión Soviética, reveló un profundo apego popular al socialismo. Sin embargo, también expuso la contradicción central del momento: el pueblo quería la URSS, pero carecía de los instrumentos para defenderla .
Esto no es una condena moral de los trabajadores soviéticos. Es una lección histórica de suma importancia. Ninguna sociedad socialista, independientemente de sus logros, puede mantenerse a salvo si la clase obrera deja de funcionar como una clase dirigente consciente y organizada.
Tras 1991, ideólogos triunfantes proclamaron el «fin de la historia». Se nos decía que el capitalismo había demostrado ser la forma definitiva y natural de la sociedad humana. El socialismo pertenecía al pasado. La realidad ha vuelto absurda esa afirmación.
Desde 1991, el capitalismo no ha traído armonía, sino crisis permanentes : colapsos financieros, guerras interminables, destrucción ecológica, creciente desigualdad y la normalización de la inseguridad para miles de millones de personas. Las mismas contradicciones que Marx analizó en el siglo XIX operan ahora a escala global. La mano de obra está más explotada, la riqueza más concentrada y la democracia más vacía que nunca.
Desde una perspectiva marxista-leninista, la caída de la Unión Soviética no fue un veredicto histórico contra el socialismo, sino una derrota temporal en una lucha prolongada . El socialismo no es un monumento erigido de una vez por todas; es un movimiento, un proceso, una forma de poder de clase que debe ejercerse y defenderse conscientemente.
La experiencia de la URSS —sus logros y sus fracasos— sigue siendo una fuente insustituible de lecciones. Enseña la necesidad de la planificación, del poder proletario, de la claridad ideológica y de la vigilancia constante contra la regeneración de las relaciones capitalistas. Estas lecciones no son reliquias. Son de una relevancia urgente en un mundo que busca de nuevo alternativas.
La historia no terminó en 1991. Retrocedió, se reagrupó y entró en una nueva fase. Mientras persista la explotación, mientras el trabajo esté subordinado a la ganancia, las condiciones que dieron origen a la revolución socialista seguirán madurando. Las nuevas generaciones, moldeadas no por los mitos de la Guerra Fría, sino por la realidad capitalista vivida, ya cuestionan el sistema que heredaron.
La bandera roja cayó no por obsoleta, sino porque fue abandonada antes de poder defenderla plenamente . Y es precisamente por eso que su significado perdura.
La contrarrevolución cerró un capítulo, pero no concluyó el libro. La lucha por el socialismo está inconclusa. Y la historia, lejos de terminar, sigue en plena evolución.
-Nikos Mottas es el editor jefe de In Defense of Communism .
El salario de Stalin
Incluso el salario de Stalin y los altos funcionarios del gobierno se mantuvo en línea con los salarios más altos de los trabajadores y profesores.
Antes de la guerra, Stalin recibió un salario de 800 rublos, después de la guerra, los salarios aumentaron, pero el poder adquisitivo del rublo disminuyó. Cabe recordar que la URSS se vio obligada a implementar reformas monetarias dos veces para eliminar el superávit monetario, en 1947 y 1961.
Stalin recibió enormes sumas de dinero de la venta de sus obras.
Según los estándares soviéticos, estas eran sumas realmente colosales, que van desde decenas a cientos de miles de rublos.
Sin embargo, no usó el dinero para sus propias necesidades.
Al menos la mayoría de los derechos de autor de Stalin fueron para financiar el premio Stalin, otorgado a destacados ciudadanos soviéticos.
El líder no tenía ninguna propiedad.
martes, febrero 03, 2026
Contra el genocidio y los ataques imperialistas. Ruptura total de relaciones con Israel.
Manifiesto de la Coordinadora Andaluza de solidaridad con Palestina.
1 de Febrero de 2026
Hoy volvemos a las calles para seguir denunciando 78 años de colonización, apartheid y genocidio del régimen sionista contra el pueblo palestino. Nuestra solidaridad no se va a detener, no mientras persista la impunidad de Israel y la complicidad con sus políticas genocidas.
El mal llamado “Plan de paz” de Trump y el régimen israelí no ha sido más que otra imposición colonial para rediseñar en los despachos imperialistas una Palestina fragmentada, sin soberanía ni futuro y sin la voz del pueblo palestino.
Pese al supuesto “alto el fuego”, Israel ha asesinado a más de 400 personas, ha seguido bombardeando y ha bloqueado la entrada de ayuda humanitaria. Las duras condiciones del invierno se han convertido en otra arma de guerra y exterminio ante la indiferencia internacional. En la Franja de Gaza, niñas y niños están muriendo de frío y desnutrición. El genocidio no sólo continúa, también se ha extendido a Cisjordania, donde la extrema violencia, la destrucción de pueblos enteros, la limpieza étnica y las detenciones arbitrarias se han intensificado como nunca.
Dos años de genocidio televisado y colapso del derecho internacional están marcando un antes y un después de consecuencias globales. La impunidad se propaga y el gobierno de Donald Trump lo está haciendo evidente con su intervención armada en otros territorios ante la tibieza de las reacciones internacionales. Por eso lo decimos con claridad: luchar por la libertad de Palestina es luchar por la libertad de todos los pueblos y contra las políticas imperialistas.
Asistimos con gran preocupación a la extrema represión del activismo pro-palestino en el Reino Unido. La huelga de hambre de las activistas encarceladas por sus acciones de protesta nos ha tenido en vilo durante más de dos meses y ha hecho peligrar gravemente sus vidas. Pero también ha provocado una ola de solidaridad mundial y ha obligado al Gobierno británico a romper el contrato millonario con Elbit Systems ¡Basta ya de criminalizar la lucha y la defensa de los derechos humanos!
La presión popular funciona. Cada boicot, cada acción, cada ruptura eleva el coste político y social de la complicidad con el sionismo, pero queda mucho por hacer. El Gobierno español y muchas instituciones siguen colaborando con Israel y sus empresas. A escasas horas de la nochebuena, el Gobierno cedió ante la empresa Airbus y activó la cláusula de excepcionalidad con la que desvirtúa el tan publicitado Real Decreto Ley de embargo de armas. Una vez más volvió a poner en práctica su doble rasero: proclamar su apoyo al pueblo palestino, mientras negocia con el estado genocida y contraviene el derecho internacional en nombre de intereses industriales y estratégicos. Romper relaciones con Israel no debe ser una opción política sino una responsabilidad de asumir leyes de obligado cumplimiento.
Estados Unidos sigue forzando la complicidad internacional mediante amenazas, chantaje político y provocaciones como la “invitación” a formar parte de la denominada, eufemísticamente, Junta de Paz. ¡No más sumisión a la dictadura del imperialismo!
Por todo ello exigimos:
1. Fin del genocidio: retirada israelí, entrada de ayuda humanitaria, juicio a los crímenes de guerra y lesa humanidad, liberación de todas las personas presas palestinas y derecho al retorno a las palestinas refugiadas.
2. Embargo integral y retroactivo de armas a Israel. Que se incluyan
todas las enmiendas necesarias a la Proposición de Ley y al Real Decreto Ley para que éste sea un embargo de armas a Israel sin cláusulas que lo desvirtúen.
3. Ruptura TOTAL de relaciones con Israel.
4. Sanciones internacionales al régimen de apartheid israelí y apoyo a las demandas judiciales en la Corte Internacional de Justicia y el Tribunal Penal Internacional.
5. Derogación de la Ley Mordaza y fin de la criminalización de la solidaridad con Palestina y de quienes defienden los derechos humanos
¡Por un embargo de armas integral y una ruptura total de relaciones con Israel! Desde el río hasta el mar, Palestina será libre
https://www.andaluciaconpalestina.com/2026/fotos/260201_hojilla.pdf
Por qué debemos defender a Cuba a toda costa
Por Nikos Mottas
La reciente escalada de brutales amenazas y medidas coercitivas contra Cuba por parte de la administración Trump marca una nueva fase en una política que no es accidental ni episódica.
El endurecimiento de las sanciones, la focalización del suministro de combustible, la intensificación de las restricciones financieras y la retórica abierta de intimidación constituyen en conjunto una agudización deliberada de la guerra económica contra el pueblo cubano.
No se trata de un desacuerdo diplomático ni de un ajuste táctico dictado por cálculos momentáneos. Es la continuación, en las condiciones actuales, de una estrategia imperialista de larga data cuyo objetivo se ha mantenido inalterado durante más de seis décadas: sofocar a la Cuba socialista y forzar su capitulación política.
Lo que se está desarrollando hoy debe entenderse en el contexto más amplio de una ofensiva imperialista generalizada, que se configura en un contexto de profundización de la crisis capitalista. La coerción económica, los regímenes de sanciones y las medidas extraterritoriales se han convertido en instrumentos normalizados del poder de clase a escala global. En este contexto, Cuba no es un objetivo aislado, sino estratégico.
El ataque a Cuba funciona simultáneamente como castigo y advertencia: castigo para un pueblo que se atrevió a romper relaciones de dependencia y expropiar el capital, y advertencia a todos los demás sobre las consecuencias de intentar una ruptura similar.
Para comprender por qué Cuba debe ser defendida a toda costa, es necesario ir más allá de los llamamientos morales o las expresiones abstractas de solidaridad. Lo que está en juego no es la simpatía ni la defensa de una causa distante. Se trata de una cuestión de poder de clase, desarrollo histórico y el equilibrio de fuerzas entre el imperialismo y la clase obrera internacional.
El análisis de Lenin sobre el imperialismo sigue siendo indispensable precisamente porque disipa ilusiones. El imperialismo no es producto de gobiernos particularmente agresivos ni de líderes desacertados; es la forma necesaria que asume el capitalismo en una determinada etapa de su desarrollo, cuando el capital monopolista y financiero dominan la vida económica y requieren imposición política y militar.
En este marco, la existencia de un Estado socialista es intolerable no por su retórica, sino por su práctica. Cuba no se limitó a sustituir un liderazgo político por otro en 1959. Desmanteló las relaciones de dependencia, expropió el capital extranjero y afirmó la propiedad social sobre los sectores decisivos de la economía. Al hacerlo, interrumpió los mecanismos mediante los cuales el imperialismo extrae valor, disciplina el trabajo y reproduce su dominio.
La respuesta fue inmediata y sistemática. El bloqueo, el sabotaje, los ataques terroristas, el aislamiento diplomático y la guerra ideológica no fueron reacciones improvisadas. Fueron los instrumentos predecibles de un sistema que no puede coexistir con alternativas. El imperialismo no tolera excepciones; busca eliminarlas.
El bloqueo contra Cuba siempre ha funcionado como un mecanismo contrarrevolucionario permanente. Su lógica nunca ha sido la conquista militar, sino la erosión social. Al restringir el acceso a la energía, los medicamentos, los repuestos, la tecnología, el crédito y el comercio, el imperialismo pretende perturbar la reproducción de las propias relaciones sociales socialistas. Por eso, los objetivos no son indicadores abstractos, sino condiciones concretas de la vida cotidiana. La escasez se convierte en un arma. La infraestructura se ve sometida a una presión excesiva. El transporte, la producción y la distribución se obstruyen deliberadamente. El tiempo, el agotamiento y la incertidumbre se transforman en herramientas políticas. La expectativa no es que el socialismo sea derrocado por la fuerza directa, sino que se derrumbe bajo la presión acumulada de las penurias materiales.
Fidel Castro advirtió repetidamente que el imperialismo intentaría derrotar a la revolución no solo mediante la agresión abierta, sino también mediante el desgaste. Sin embargo, también enfatizó que la resistencia en tales condiciones transforma la conciencia. Las dificultades, correctamente interpretadas, no producen automáticamente resignación ni derrotismo. También pueden generar claridad. En este sentido, la resistencia de Cuba bajo asedio no es una supervivencia pasiva; es una lucha ideológica continua librada en condiciones deliberadamente hostiles.
Los logros sociales de Cuba se presentan a menudo como éxitos aislados o anomalías estadísticas. Este enfoque oscurece su contenido político. La atención médica universal, la educación gratuita, el desarrollo científico, el acceso a la cultura y la seguridad social no son resultados neutrales. Son el resultado directo de la propiedad social, la planificación centralizada y el ejercicio del poder de la clase trabajadora.
Bajo el capitalismo, incluso en sus formas más desarrolladas, estas garantías quedan subordinadas a la rentabilidad. Bajo el socialismo, se convierten en principios organizadores. La experiencia cubana demuestra, en la práctica más que en la teoría, que la producción organizada para el uso social, en lugar de la acumulación privada, no es una aspiración utópica, sino una alternativa histórica viable.
La insistencia del Che Guevara en las dimensiones morales y conscientes de la construcción socialista es fundamental para comprender este proceso. Su énfasis en la responsabilidad colectiva, la motivación social y la transformación de las relaciones humanas no era un adorno ético. Reflejaba una comprensión materialista de que el socialismo no es simplemente una reorganización de las formas de propiedad, sino una lucha por superar la lógica social heredada del propio capitalismo.
La orientación internacionalista de Cuba surgió de esta misma claridad. No fue una postura moral opcional, sino el resultado de una evaluación política seria. Como advirtió repetidamente Lenin, la existencia de un Estado socialista aislado, rodeado por un sistema mundial imperialista, conlleva inevitablemente una enorme presión y altos costos.
La solidaridad internacional, por lo tanto, no es generosidad; es una condición de supervivencia. El apoyo de Cuba a las luchas anticoloniales, sus misiones internacionalistas y sus brigadas médicas se llevaron a cabo no en condiciones de abundancia, sino de escasez. Fueron actos de realismo político, arraigados en la comprensión de que la fragmentación es el arma más eficaz del imperialismo y que la solidaridad, incluso cuando es costosa, fortalece la resistencia.
Precisamente por eso Cuba ha sido atacada con tanta implacabilidad. El internacionalismo socava la estrategia de aislamiento del imperialismo. Expone el carácter global de la explotación y refuerza la capacidad subjetiva de resistencia de los pueblos oprimidos. Por lo tanto, el ataque a Cuba no es solo un ataque a un país específico, sino un ataque al principio mismo del internacionalismo.
La defensa de Cuba concierne directamente a la clase obrera internacional. El mensaje que transmite la agresión imperialista es inequívoco: cualquier intento de abolir las relaciones de propiedad capitalistas será castigado implacablemente. El objetivo no es solo derrotar materialmente a Cuba, sino presentar su derrota —de lograrse— como prueba histórica de la imposibilidad del socialismo. Tal resultado tendría consecuencias mucho más allá del Caribe. Profundizaría el derrotismo, envalentonaría a las fuerzas reaccionarias y reforzaría la hegemonía ideológica del capital en un momento en que el propio capitalismo entra en un período de creciente inestabilidad.
En este punto, la trascendencia histórica de Cuba debe abordarse sin evasivas. Los derrocamientos contrarrevolucionarios de 1989-1991 y la disolución de la Unión Soviética marcaron un profundo retroceso en el equilibrio de fuerzas de clase global. No significaron el fin del socialismo, pero sí redujeron drásticamente el terreno para su construcción. En las décadas posteriores, la clase obrera internacional se ha enfrentado a un mundo en el que la transformación socialista ha sido abandonada, distorsionada o abiertamente revertida en la mayoría de los lugares.
Es precisamente en esta ruptura histórica que el papel de Cuba adquiere una relevancia excepcional. A pesar de su pequeño tamaño, de la asfixiante presión imperialista y de las innegables contradicciones y dificultades, Cuba sigue siendo el único ejemplo vivo de un país que sigue intentando la construcción socialista sobre la base de la propiedad social, la planificación y el poder obrero, en lugar del dominio del mercado y la acumulación capitalista. Este hecho no es un juicio moral; es una realidad política objetiva.
Los intentos de ocultar esta realidad mediante falsas equivalencias no tienen ningún propósito emancipador. La restauración capitalista, enmascarada por la terminología socialista, o los sistemas dominados por las relaciones de mercado y la acumulación de capital, no pueden sustituir la construcción socialista. Tampoco pueden hacerlo las formas de supervivencia del Estado que no priorizan la transformación de las relaciones sociales. Cualesquiera que sean sus diferencias, estos casos no alteran la verdad histórica de que Cuba se erige hoy como un referente único para el socialismo como proyecto vivo, no como una pieza de museo o un legado retórico.
Por esta razón, la defensa de Cuba no es simplemente un acto de solidaridad con un pueblo asediado. Es un acto de responsabilidad estratégica hacia la clase obrera internacional. Permitir que Cuba sea aplastada, aislada u obligada a capitular no solo representaría la derrota de un país. Se utilizaría para sellar la narrativa de que el socialismo pertenece irrevocablemente al pasado, que la historia ha cerrado ese capítulo para siempre.
Defender a Cuba es rechazar esa narrativa en la práctica. Es afirmar que el socialismo no es un capítulo cerrado de la historia, sino una necesidad nacida de las propias contradicciones del capitalismo, contradicciones que se profundizan en lugar de retroceder. Es defender la posibilidad histórica de que los trabajadores aún puedan organizar la sociedad sobre bases diferentes, incluso en condiciones de extrema presión.
Por esta razón, la solidaridad con Cuba no puede ser episódica, simbólica ni retórica. Debe ser organizada, política y confrontativa. Debe desafiar la legitimidad del bloqueo, exponer el carácter criminal de la guerra económica y movilizar a las fuerzas obreras contra la agresión imperialista. Para los partidos comunistas y obreros, esto no es una cuestión de preferencia. Es una prueba de internacionalismo. Ante la agresión imperialista, la neutralidad no es una posición intermedia. El silencio se alinea objetivamente con el agresor.
El capitalismo actual se caracteriza por profundas y agudizadas contradicciones estructurales: inestabilidad económica crónica, recurso permanente a la militarización y la guerra, formas de gobierno cada vez más autoritarias, devastación ecológica y el desmantelamiento sistemático de los derechos sociales y laborales. Estos fenómenos no son distorsiones accidentales de un sistema que, por lo demás, funciona. Son la expresión madura de los límites históricos del capitalismo. En esta fase, las clases dominantes no se limitan a gestionar las crisis; intentan reorganizar la sociedad de forma que suprima permanentemente la posibilidad de un desafío sistémico.
En estas condiciones, toda alternativa vital se vuelve intolerable. Toda experiencia histórica que contradiga la narrativa de la inevitabilidad capitalista debe ser borrada, neutralizada o transformada en una reliquia inofensiva. Es en este sentido que la pervivencia de Cuba como proyecto socialista adquiere una importancia decisiva. No porque pretenda ser perfecta, sino porque persiste como una negación concreta de la lógica capitalista.
Para comprender plenamente esta importancia, es necesario afrontar directamente la ruptura histórica producida por los levantamientos contrarrevolucionarios de 1989-1991 y la disolución de la Unión Soviética. Esa derrota no marcó el «fin del socialismo», como proclama incansablemente la ideología burguesa. Marcó un profundo retroceso en el equilibrio global de fuerzas de clase, cuyas consecuencias aún se sienten. Desde entonces, la construcción socialista ha sido abandonada, revertida o fundamentalmente distorsionada en la mayor parte del mundo.
En este panorama poscontrarrevolucionario, Cuba ocupa una posición objetivamente única. A pesar de su pequeño tamaño, de la implacable presión imperialista, de la escasez material y las contradicciones internas, Cuba sigue siendo el único país que continúa impulsando la construcción socialista sobre la base de la propiedad social, la planificación y la primacía del poder obrero sobre las relaciones de mercado y la acumulación de capital. No se trata de una cuestión de sentimiento ni de lealtad; es un hecho material.
Los intentos de desdibujar esta realidad mediante falsas equivalencias no benefician a la clase trabajadora. La restauración capitalista disfrazada de lenguaje socialista, los sistemas regidos por la ley del valor y la acumulación de capital, o las formas de supervivencia del Estado que no priorizan la transformación de las relaciones sociales, no pueden considerarse sustitutos de la construcción socialista. Cualesquiera que sean sus diferencias, estos casos no alteran la verdad histórica central: Cuba se erige hoy como el único referente vivo del socialismo como un proceso práctico y continuo, no como un símbolo conmemorativo del pasado.
Por esta razón, la defensa de Cuba trasciende los límites de la solidaridad con una nación asediada. Se convierte en una cuestión de responsabilidad estratégica hacia la propia clase obrera internacional. Permitir que Cuba sea aplastada, aislada u obligada a capitular no solo significaría la derrota de un país. Se movilizaría ideológicamente para consolidar el argumento de que el socialismo pertenece irreversiblemente a la historia, de que la clase obrera no tiene futuro más allá de la gestión de las crisis del capitalismo.
Defender a Cuba es rechazar ese argumento en la práctica. Es afirmar que el socialismo no es un capítulo cerrado de la historia, sino una necesidad nacida de las propias contradicciones del capitalismo, contradicciones que se intensifican en lugar de disolverse. Es defender la posibilidad histórica de que los trabajadores aún puedan organizar la sociedad sobre bases diferentes, incluso en condiciones de extrema presión y hostilidad.
Por esta razón, la solidaridad con Cuba no puede ser episódica, simbólica ni retórica. Debe ser organizada, política y confrontativa. Debe desafiar la legitimidad del bloqueo, exponer el carácter criminal de la guerra económica y movilizar a las fuerzas obreras contra la agresión imperialista. Para los partidos comunistas y obreros, esto no es una cuestión de preferencia ni de tono. Es una prueba del propio internacionalismo. Ante la agresión imperialista, la neutralidad no es una posición intermedia; el silencio se alinea objetivamente con el agresor.
No hay un punto medio cómodo. O el imperialismo logra sofocar a la Cuba socialista, o la clase obrera internacional afirma su capacidad de resistir, aprender de las derrotas históricas y reincorporarse a la historia como fuerza activa. Fidel Castro advirtió que las revoluciones no se destruyen solo por la fuerza externa, sino por la erosión de la solidaridad y la confianza histórica. La defensa de Cuba hoy es, por lo tanto, una prueba, no solo para Cuba, sino para el movimiento obrero internacional en su conjunto.
Defender a Cuba socialista no es una cuestión de sentimientos, sino una tarea histórica concreta de la clase obrera internacional, una tarea que debe llevarse a cabo a cualquier precio.
-Nikos Mottas es el editor jefe de In Defense of Communism .


