La madrugada del 1 de agosto de 1953, en la Gran Piedra, cerca de Santiago de Cuba, un hecho fortuito cambió la historia patria. Cinco días después del asalto al Cuartel Moncada, Fidel Castro, exhausto, dormía en un bohío cuando una patrulla del ejército de Batista lo sorprendió. Los soldados querían fusilarlo, pero el teniente Pedro Sarría Tartabull se interpuso y gritó: "¡Las ideas no se matan!". Esa frase salvó a Fidel no una, sino tres veces.
El 26 de julio, 135 jóvenes asaltaron el Moncada. Fue un desastre: más de 50 murieron y los sobrevivientes huyeron a la Sierra. La patrulla de Sarría, un mulato cienfueguero, dio con Fidel y dos compañeros dormidos en un bohío.
Sarría impidió que sus soldados ejecutaran a Fidel en el acto. Luego, desobedeció al comandante Pérez Chaumont, que quería llevarlos al Moncada para asesinarlos. Y por último, en el Vivac de Santiago, inscribió a los prisioneros en el libro oficial y avisó a la prensa, haciendo imposible una ejecución secreta. Fidel confesaría años después: "Le debo la vida... ¡como tres veces!".
La frase pronunciada por Sarría cobró un sentido profético en Cuba. Él comprendió que matar a Fidel no eliminaría las ideas de justicia que encarnaba. Su gesto reconoció que el movimiento rebelde, aunque derrotado, ya era imborrable.
Sarría fue licenciado y pasó cinco años preso en La Cabaña. Fidel, vivo, pronunció en el juicio "La historia me absolverá", germen del Movimiento 26 de Julio. En enero de 1959, triunfante la Revolución, se reencontraron en Santiago. Sarría, ya ciego, fue reconocido por su gesto. En 2013, se le erigió un busto junto al Museo del Moncada.
Sarría, un militar íntegro, antepuso la ética a la orden y la furia. Su frase no fue un simple grito, sino una profecía: al no disparar, permitió que una idea siguiera su curso y transformara para siempre el destino de Cuba.
✍️: Juan Alberto González Machado
📸: tomada de Internet. Créditos a quien corresponda
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