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sábado, junio 27, 2026

El reformismo entrega Colombia a la ultraderecha y llama a eso "paz"

El Núcleo

Tres días. Tres días tardó Iván Cepeda en hacer lo que cualquier observador con dos dedos de frente sabía que iba a hacer: arrodillarse ante el escrutinio de una burguesía que nunca le reconoció legitimidad alguna. 

Tres días de "esperar al escrutinio final", de impugnar 50.000 mesas, de denunciar injerencia extranjera y compra de votos, para terminar aceptando que Abelardo de la Espriella —un millonario sin trayectoria electoral, que amenazó con "destripar a la izquierda"— es el nuevo presidente.

Por un punto porcentual. 251.000 votos. En la elección más ajustada de la historia reciente de Colombia.

Pero no nos quedemos en el anécdota. Vamos a lo estructural.

La claudicación no es un error táctico, es la esencia del reformismo

Cepeda no "traiciona" hoy. Cepeda es la expresión política de un proyecto que, por definición, no puede romper con el Estado burgués porque depende de él para existir. El "Pacto Histórico" no es un partido revolucionario; es una coalición de fuerzas que aspira a administrar el capitalismo con rostro humano. Y el capitalismo, cuando se siente amenazado, no negocia: expulsa.

El discurso de Cepeda es de manual: "Acepto los resultados para contribuir a la convivencia, a la paz y al diálogo entre colombianos". La paz. Esa palabra mágica que siempre significa lo mismo: la paz de los cementerios, la paz de los que aceptan las reglas del juego antes de que el juego los aniquile. Cepeda llama a la "desobediencia civil pacífica" mientras De la Espriella ya está pactando con el canciller israelí y aceptando la invitación de Trump para unirse al "Escudo de las Américas".

¿Desobediencia civil? Eso es lo que hacen los niños cuando no quieren comer verduras. No es una estrategia de poder; es un ritual de sumisión con pretensiones de dignidad.

Israel, Trump y la geopolítica del sometimiento

Mientras Cepeda pronunciaba su discurso de "responsabilidad democrática", De la Espriella ya estaba en el teléfono con Gideon Sa'ar, ministro de Exteriores de Israel, prometiendo restaurar las relaciones "como nunca antes". Israel puede contar con Colombia como "un amigo leal y un aliado firme". El mismo Israel al que Petro le rompió relaciones. El mismo Israel que, según denunció el propio presidente saliente, intervino en el software electoral.

Pero claro, eso son "rumores no infundados". Como también son "rumores" que Trump respaldó abiertamente a De la Espriella, que lo llamó "ganador fácil", que etiquetó a Cepeda de "marxista radical de izquierdas". Injerencia extranjera descarada. Y la respuesta del reformismo: aceptar los resultados para "preservar la paz"

El paralelo histórico: México 1988

En el 88 cuando le hicieron fraude a Cuauhtémoc Cárdenas pasó exactamente lo mismo. El mismo mecanismo es el mismo, pues a rais del fraude (o la presión, o la intervención, da igual el nombre) se consuma, el líder reformista pide calma para "evitar un baño de sangre", y el resultado es el mismo: En México nos tragamos 30 años de neoliberalismo (descarado, para distinguirlos de morena), de represión, de desaparecidos, de decenas de miles de muertos por la violencia, de que la clase trabajadora paguemos la factura de evitar "el baño de sangre".

Churchill (si soy comunista y cito a el genocida de churchill) lo dijo mejor: "Hemos preferido el deshonor a la guerra; tendremos el deshonor y también la guerra". Cepeda cree que está evitando el baño de sangre. Lo que está haciendo es aplazarlo y transferirlo a los trabajadores, a los estudiantes, a los pensionados, a las madres solteras, a los familiares de discapacitados, sino que le pregunten a los Argentinos a qué sabe la libertad: a carne de burro. El baño de sangre no se cancela; se cobra con intereses.

¿Y ahora qué? La clase trabajadora como único sujeto histórico

Ni Cepeda, ni Petro, ni el Pacto Histórico van a cambiar esto. No porque sean malas personas, sino porque su existencia política depende de la institucionalidad burguesa. No pueden romper con ella sin desaparecer como fuerza política. Esa es la contradicción irresoluble del reformismo: necesita del enemigo para existir, y el enemigo, cuando puede, lo devora.

El único sujeto capaz de transformar esta relación de fuerzas es la clase trabajadora colombiana organizada. No las cúpulas sindicales burocratizadas, no los líderes que piden "diálogo" mientras el adversario se arma. La clase trabajadora en sus fábricas, en sus campos, en sus barrios. Los campesinos que saben lo que es que el latifundio les robe la tierra. Los insurgentes que entendieron antes que nadie que el Estado colombiano no negocia, reprime.

La guerrilla, las disidencias, los movimientos sociales: son expresiones de una contradicción que el reformismo se niega a reconocer. Pero sin una estrategia política de masas, sin la capacidad de paralizar la producción y la circulación de mercancías, sin un partido revolucionario que articule la lucha armada con la movilización popular, el foco armado termina aislado y derrotado por la contrainsurgencia tecnológica de Israel y la asesoría de la CIA.


Para ir cerrando, (y porque ya me envergué)

El 24 de junio de 2026, el reformismo colombiano entregó el país a la ultraderecha. Lo hizo con un discurso bonito sobre la paz, la convivencia y el diálogo. Lo hizo porque no podía hacer otra cosa: su naturaleza es claudicar cuando la correlación de fuerzas se vuelve adversa.

El problema no es que Cepeda haya claudicado. El problema es que alguien esperaba que no lo hiciera.

El baño de sangre que viene no será culpa de De la Espriella. Será culpa de todos los que, teniendo la posibilidad de movilizar a las masas, prefirieron la "responsabilidad democrática". La historia no perdona a los que confunden la prudencia con la cobardía, ni a los que llaman "paz" a la rendición.

Ahora Colombia tendrá un presidente que promete mano dura, que se alinea con Trump, que abraza a Israel, que forma parte de la ola reaccionaria que ya barrió Argentina, Chile, Ecuador y Honduras. Y la izquierda institucional, como siempre, estará en la oposición "vigilante y constructiva".



Colombia:Inflexión o abismo

Adrian Ramirez

El triunfo de la ultraderecha ha dado un mensaje claro al progresismo: la disputa del poder a la tecnocracia con manuales y métodos del siglo XX no es solo un error de lectura geopolítica; es un camino a la tragedia con riesgo real de extinción:

El progresismo ya no compite contra partidos tradicionales ni sobre escenarios exclusivamente analógicos; compite contra el sentido que emana de los ecosistemas híbridos y cognitivos, diseñados para colonizar la subjetividad y (nos guste o no) con gran efectividad. Y urge asumir el escenario.

1/ La asunción de la era híbrida

Si hubo un error común en las campañas (y en las gobernabilidades) de los últimos años en países como Argentina, Ecuador, Bolivia, Chile, Perú y ahora también en Colombia, ese ha sido el anclaje analógico: creer que la disputa política sigue resolviéndose exclusivamente con las reglas del siglo XX.

Mientras el progresismo sigue replegándose en la mística de la plaza pública sin asumir o sin poder abordar el mundo híbrido, la tecnocracia liderada por EEUU opera 24/7 bajo la lógica del tecnofeudalismo, parcelando la atención pública sin descanso desde los feudos controlados por Silicon Valley.

Desde allí, la ultraderecha no gana proponiendo reformas técnicas y programáticas; gana operando un framing aspiracional de opulencia, orden y restauración moral que reduce la densidad discursiva progresista a una voz vieja, compleja y, por tanto, propensa a interpretarse ajena.

2/ La movilización por ansiedad

La teoría política clásica asumía con ingenuidad que un salto histórico en la participación beneficiaba orgánicamente a las fuerzas populares. Pero en el tablero tecnopolítico, la masa abstencionista ya no se activa por la esperanza programática de un potencial gobierno, sino por el 'microtargeting' del pánico.

Vayamos al caso inmediato: el votante flotante que definió la elección en Colombia no salió a las urnas por convicción ideológica a la derecha, sino por la urgencia inducida e inoculada en sus 'feeds' ante un supuesto colapso inminente.

3/ El espejismo de competir o gobernar sin poder

Disputar o administrar el gobierno ya no significa indefectiblemente tener o retener el poder. Si las bases materiales de la nación siguen subordinadas a la arquitectura financiera e institucional de Washington o si la soberanía digital se abandona al control de otros, la investidura presidencial es un adorno.

Sin un escudo estructural, todo gobierno progresista o no alineado con la tecnocracia central (EEUU) queda inmediatamente expuesto a crisis inducidas, a asedios mediático-digitales desde plataformas extranjeras y a bloqueos corporativos capaces de dinamitar cualquier agenda de reformas, a una velocidad sin precedentes.

4/ Bloque o muerte

El progresismo occidental tiene hoy dos caminos unívocos: o entiende que la historia demanda urgentemente una agenda internacional, ágil y proactiva con China adentro, o se resigna a ver pasar el siglo por delante de sus ojos mientras EEUU se lleva las soberanías y los recursos estratégicos puestos a su paso.

Y no se trata de una alineación ideológica nostálgica de Guerra Fría, sino de crudo realismo geopolítico: si la región no utiliza el ascenso de Beijing como contrapeso estratégico para diversificar divisas y blindar sus datos, la independencia y la soberanía nacional seguirán siendo una ficción jurídica en una promesa imposible.

5/ La urgencia del pragmatismo

El progresismo necesita superar los marcos de los años 70 y las frases estéticas de los foros como único instrumento. El contexto contemporáneo exige transmutar la nostalgia en comprensión de los fenómenos actuales sin precedentes y en pragmatismo material:

Disputar la política en los formatos que la cultura híbrida actual requiere, erigir infraestructuras públicas de datos y comunicación, abordando sin complejos la realidad tecnológica (5G, IA, servidores soberanos) en el Sur Global.

6/ El fin de la soberanía defensiva

Ganar elecciones o gobernar para ser tutelados por el ahogo financiero de Washington o el panóptico algorítmico de Silicon Valley es una estrategia de suicidio asistido. Eso es hoy la empresa de la ultraderecha y los presidentes en la nómina de Trump.

Es menester del progresismo, entonces, mutar ya su arquitectura operativa hacia un realismo geopolítico y asumir a condición híbrida de la realidad: el futuro no puede defenderse ya solo con discursos, ni siquiera con verdades.

El complejo escenario actual demanda el blindaje material e infraestructural que solo un bloque internacional puede sostener.

El primer paso para cambiar el futuro es asumir el presente, el escenario, sus exigencias, sus métodos posibles y, finalmente, su plan de lucha y transformación. Y ese punto de inflexión debe ser ahora. La alternativa es el abismo.