Por Nikos Mottas
La reciente escalada de brutales amenazas y medidas coercitivas contra Cuba por parte de la administración Trump marca una nueva fase en una política que no es accidental ni episódica.
El endurecimiento de las sanciones, la focalización del suministro de combustible, la intensificación de las restricciones financieras y la retórica abierta de intimidación constituyen en conjunto una agudización deliberada de la guerra económica contra el pueblo cubano.
No se trata de un desacuerdo diplomático ni de un ajuste táctico dictado por cálculos momentáneos. Es la continuación, en las condiciones actuales, de una estrategia imperialista de larga data cuyo objetivo se ha mantenido inalterado durante más de seis décadas: sofocar a la Cuba socialista y forzar su capitulación política.
Lo que se está desarrollando hoy debe entenderse en el contexto más amplio de una ofensiva imperialista generalizada, que se configura en un contexto de profundización de la crisis capitalista. La coerción económica, los regímenes de sanciones y las medidas extraterritoriales se han convertido en instrumentos normalizados del poder de clase a escala global. En este contexto, Cuba no es un objetivo aislado, sino estratégico.
El ataque a Cuba funciona simultáneamente como castigo y advertencia: castigo para un pueblo que se atrevió a romper relaciones de dependencia y expropiar el capital, y advertencia a todos los demás sobre las consecuencias de intentar una ruptura similar.
Para comprender por qué Cuba debe ser defendida a toda costa, es necesario ir más allá de los llamamientos morales o las expresiones abstractas de solidaridad. Lo que está en juego no es la simpatía ni la defensa de una causa distante. Se trata de una cuestión de poder de clase, desarrollo histórico y el equilibrio de fuerzas entre el imperialismo y la clase obrera internacional.
El análisis de Lenin sobre el imperialismo sigue siendo indispensable precisamente porque disipa ilusiones. El imperialismo no es producto de gobiernos particularmente agresivos ni de líderes desacertados; es la forma necesaria que asume el capitalismo en una determinada etapa de su desarrollo, cuando el capital monopolista y financiero dominan la vida económica y requieren imposición política y militar.
En este marco, la existencia de un Estado socialista es intolerable no por su retórica, sino por su práctica. Cuba no se limitó a sustituir un liderazgo político por otro en 1959. Desmanteló las relaciones de dependencia, expropió el capital extranjero y afirmó la propiedad social sobre los sectores decisivos de la economía. Al hacerlo, interrumpió los mecanismos mediante los cuales el imperialismo extrae valor, disciplina el trabajo y reproduce su dominio.
La respuesta fue inmediata y sistemática. El bloqueo, el sabotaje, los ataques terroristas, el aislamiento diplomático y la guerra ideológica no fueron reacciones improvisadas. Fueron los instrumentos predecibles de un sistema que no puede coexistir con alternativas. El imperialismo no tolera excepciones; busca eliminarlas.
El bloqueo contra Cuba siempre ha funcionado como un mecanismo contrarrevolucionario permanente. Su lógica nunca ha sido la conquista militar, sino la erosión social. Al restringir el acceso a la energía, los medicamentos, los repuestos, la tecnología, el crédito y el comercio, el imperialismo pretende perturbar la reproducción de las propias relaciones sociales socialistas. Por eso, los objetivos no son indicadores abstractos, sino condiciones concretas de la vida cotidiana. La escasez se convierte en un arma. La infraestructura se ve sometida a una presión excesiva. El transporte, la producción y la distribución se obstruyen deliberadamente. El tiempo, el agotamiento y la incertidumbre se transforman en herramientas políticas. La expectativa no es que el socialismo sea derrocado por la fuerza directa, sino que se derrumbe bajo la presión acumulada de las penurias materiales.
Fidel Castro advirtió repetidamente que el imperialismo intentaría derrotar a la revolución no solo mediante la agresión abierta, sino también mediante el desgaste. Sin embargo, también enfatizó que la resistencia en tales condiciones transforma la conciencia. Las dificultades, correctamente interpretadas, no producen automáticamente resignación ni derrotismo. También pueden generar claridad. En este sentido, la resistencia de Cuba bajo asedio no es una supervivencia pasiva; es una lucha ideológica continua librada en condiciones deliberadamente hostiles.
Los logros sociales de Cuba se presentan a menudo como éxitos aislados o anomalías estadísticas. Este enfoque oscurece su contenido político. La atención médica universal, la educación gratuita, el desarrollo científico, el acceso a la cultura y la seguridad social no son resultados neutrales. Son el resultado directo de la propiedad social, la planificación centralizada y el ejercicio del poder de la clase trabajadora.
Bajo el capitalismo, incluso en sus formas más desarrolladas, estas garantías quedan subordinadas a la rentabilidad. Bajo el socialismo, se convierten en principios organizadores. La experiencia cubana demuestra, en la práctica más que en la teoría, que la producción organizada para el uso social, en lugar de la acumulación privada, no es una aspiración utópica, sino una alternativa histórica viable.
La insistencia del Che Guevara en las dimensiones morales y conscientes de la construcción socialista es fundamental para comprender este proceso. Su énfasis en la responsabilidad colectiva, la motivación social y la transformación de las relaciones humanas no era un adorno ético. Reflejaba una comprensión materialista de que el socialismo no es simplemente una reorganización de las formas de propiedad, sino una lucha por superar la lógica social heredada del propio capitalismo.
La orientación internacionalista de Cuba surgió de esta misma claridad. No fue una postura moral opcional, sino el resultado de una evaluación política seria. Como advirtió repetidamente Lenin, la existencia de un Estado socialista aislado, rodeado por un sistema mundial imperialista, conlleva inevitablemente una enorme presión y altos costos.
La solidaridad internacional, por lo tanto, no es generosidad; es una condición de supervivencia. El apoyo de Cuba a las luchas anticoloniales, sus misiones internacionalistas y sus brigadas médicas se llevaron a cabo no en condiciones de abundancia, sino de escasez. Fueron actos de realismo político, arraigados en la comprensión de que la fragmentación es el arma más eficaz del imperialismo y que la solidaridad, incluso cuando es costosa, fortalece la resistencia.
Precisamente por eso Cuba ha sido atacada con tanta implacabilidad. El internacionalismo socava la estrategia de aislamiento del imperialismo. Expone el carácter global de la explotación y refuerza la capacidad subjetiva de resistencia de los pueblos oprimidos. Por lo tanto, el ataque a Cuba no es solo un ataque a un país específico, sino un ataque al principio mismo del internacionalismo.
La defensa de Cuba concierne directamente a la clase obrera internacional. El mensaje que transmite la agresión imperialista es inequívoco: cualquier intento de abolir las relaciones de propiedad capitalistas será castigado implacablemente. El objetivo no es solo derrotar materialmente a Cuba, sino presentar su derrota —de lograrse— como prueba histórica de la imposibilidad del socialismo. Tal resultado tendría consecuencias mucho más allá del Caribe. Profundizaría el derrotismo, envalentonaría a las fuerzas reaccionarias y reforzaría la hegemonía ideológica del capital en un momento en que el propio capitalismo entra en un período de creciente inestabilidad.
En este punto, la trascendencia histórica de Cuba debe abordarse sin evasivas. Los derrocamientos contrarrevolucionarios de 1989-1991 y la disolución de la Unión Soviética marcaron un profundo retroceso en el equilibrio de fuerzas de clase global. No significaron el fin del socialismo, pero sí redujeron drásticamente el terreno para su construcción. En las décadas posteriores, la clase obrera internacional se ha enfrentado a un mundo en el que la transformación socialista ha sido abandonada, distorsionada o abiertamente revertida en la mayoría de los lugares.
Es precisamente en esta ruptura histórica que el papel de Cuba adquiere una relevancia excepcional. A pesar de su pequeño tamaño, de la asfixiante presión imperialista y de las innegables contradicciones y dificultades, Cuba sigue siendo el único ejemplo vivo de un país que sigue intentando la construcción socialista sobre la base de la propiedad social, la planificación y el poder obrero, en lugar del dominio del mercado y la acumulación capitalista. Este hecho no es un juicio moral; es una realidad política objetiva.
Los intentos de ocultar esta realidad mediante falsas equivalencias no tienen ningún propósito emancipador. La restauración capitalista, enmascarada por la terminología socialista, o los sistemas dominados por las relaciones de mercado y la acumulación de capital, no pueden sustituir la construcción socialista. Tampoco pueden hacerlo las formas de supervivencia del Estado que no priorizan la transformación de las relaciones sociales. Cualesquiera que sean sus diferencias, estos casos no alteran la verdad histórica de que Cuba se erige hoy como un referente único para el socialismo como proyecto vivo, no como una pieza de museo o un legado retórico.
Por esta razón, la defensa de Cuba no es simplemente un acto de solidaridad con un pueblo asediado. Es un acto de responsabilidad estratégica hacia la clase obrera internacional. Permitir que Cuba sea aplastada, aislada u obligada a capitular no solo representaría la derrota de un país. Se utilizaría para sellar la narrativa de que el socialismo pertenece irrevocablemente al pasado, que la historia ha cerrado ese capítulo para siempre.
Defender a Cuba es rechazar esa narrativa en la práctica. Es afirmar que el socialismo no es un capítulo cerrado de la historia, sino una necesidad nacida de las propias contradicciones del capitalismo, contradicciones que se profundizan en lugar de retroceder. Es defender la posibilidad histórica de que los trabajadores aún puedan organizar la sociedad sobre bases diferentes, incluso en condiciones de extrema presión.
Por esta razón, la solidaridad con Cuba no puede ser episódica, simbólica ni retórica. Debe ser organizada, política y confrontativa. Debe desafiar la legitimidad del bloqueo, exponer el carácter criminal de la guerra económica y movilizar a las fuerzas obreras contra la agresión imperialista. Para los partidos comunistas y obreros, esto no es una cuestión de preferencia. Es una prueba de internacionalismo. Ante la agresión imperialista, la neutralidad no es una posición intermedia. El silencio se alinea objetivamente con el agresor.
El capitalismo actual se caracteriza por profundas y agudizadas contradicciones estructurales: inestabilidad económica crónica, recurso permanente a la militarización y la guerra, formas de gobierno cada vez más autoritarias, devastación ecológica y el desmantelamiento sistemático de los derechos sociales y laborales. Estos fenómenos no son distorsiones accidentales de un sistema que, por lo demás, funciona. Son la expresión madura de los límites históricos del capitalismo. En esta fase, las clases dominantes no se limitan a gestionar las crisis; intentan reorganizar la sociedad de forma que suprima permanentemente la posibilidad de un desafío sistémico.
En estas condiciones, toda alternativa vital se vuelve intolerable. Toda experiencia histórica que contradiga la narrativa de la inevitabilidad capitalista debe ser borrada, neutralizada o transformada en una reliquia inofensiva. Es en este sentido que la pervivencia de Cuba como proyecto socialista adquiere una importancia decisiva. No porque pretenda ser perfecta, sino porque persiste como una negación concreta de la lógica capitalista.
Para comprender plenamente esta importancia, es necesario afrontar directamente la ruptura histórica producida por los levantamientos contrarrevolucionarios de 1989-1991 y la disolución de la Unión Soviética. Esa derrota no marcó el «fin del socialismo», como proclama incansablemente la ideología burguesa. Marcó un profundo retroceso en el equilibrio global de fuerzas de clase, cuyas consecuencias aún se sienten. Desde entonces, la construcción socialista ha sido abandonada, revertida o fundamentalmente distorsionada en la mayor parte del mundo.
En este panorama poscontrarrevolucionario, Cuba ocupa una posición objetivamente única. A pesar de su pequeño tamaño, de la implacable presión imperialista, de la escasez material y las contradicciones internas, Cuba sigue siendo el único país que continúa impulsando la construcción socialista sobre la base de la propiedad social, la planificación y la primacía del poder obrero sobre las relaciones de mercado y la acumulación de capital. No se trata de una cuestión de sentimiento ni de lealtad; es un hecho material.
Los intentos de desdibujar esta realidad mediante falsas equivalencias no benefician a la clase trabajadora. La restauración capitalista disfrazada de lenguaje socialista, los sistemas regidos por la ley del valor y la acumulación de capital, o las formas de supervivencia del Estado que no priorizan la transformación de las relaciones sociales, no pueden considerarse sustitutos de la construcción socialista. Cualesquiera que sean sus diferencias, estos casos no alteran la verdad histórica central: Cuba se erige hoy como el único referente vivo del socialismo como un proceso práctico y continuo, no como un símbolo conmemorativo del pasado.
Por esta razón, la defensa de Cuba trasciende los límites de la solidaridad con una nación asediada. Se convierte en una cuestión de responsabilidad estratégica hacia la propia clase obrera internacional. Permitir que Cuba sea aplastada, aislada u obligada a capitular no solo significaría la derrota de un país. Se movilizaría ideológicamente para consolidar el argumento de que el socialismo pertenece irreversiblemente a la historia, de que la clase obrera no tiene futuro más allá de la gestión de las crisis del capitalismo.
Defender a Cuba es rechazar ese argumento en la práctica. Es afirmar que el socialismo no es un capítulo cerrado de la historia, sino una necesidad nacida de las propias contradicciones del capitalismo, contradicciones que se intensifican en lugar de disolverse. Es defender la posibilidad histórica de que los trabajadores aún puedan organizar la sociedad sobre bases diferentes, incluso en condiciones de extrema presión y hostilidad.
Por esta razón, la solidaridad con Cuba no puede ser episódica, simbólica ni retórica. Debe ser organizada, política y confrontativa. Debe desafiar la legitimidad del bloqueo, exponer el carácter criminal de la guerra económica y movilizar a las fuerzas obreras contra la agresión imperialista. Para los partidos comunistas y obreros, esto no es una cuestión de preferencia ni de tono. Es una prueba del propio internacionalismo. Ante la agresión imperialista, la neutralidad no es una posición intermedia; el silencio se alinea objetivamente con el agresor.
No hay un punto medio cómodo. O el imperialismo logra sofocar a la Cuba socialista, o la clase obrera internacional afirma su capacidad de resistir, aprender de las derrotas históricas y reincorporarse a la historia como fuerza activa. Fidel Castro advirtió que las revoluciones no se destruyen solo por la fuerza externa, sino por la erosión de la solidaridad y la confianza histórica. La defensa de Cuba hoy es, por lo tanto, una prueba, no solo para Cuba, sino para el movimiento obrero internacional en su conjunto.
Defender a Cuba socialista no es una cuestión de sentimientos, sino una tarea histórica concreta de la clase obrera internacional, una tarea que debe llevarse a cabo a cualquier precio.
-Nikos Mottas es el editor jefe de In Defense of Communism .
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