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lunes, octubre 15, 2018

Los ejercitos secretos de la OTAN:la guerra secreta en España


La guerra secreta en España
por Daniele Ganser
Al terminar la Segunda Guerra Mundial, Washington y Londres, que no habían tenido el menor escrúpulo en permitir que el general Franco acabara con la República Española, tampoco tuvieron el menor reparo en establecer una alianza con el Caudillo. Madrid se convirtió en la base de retaguardia de diversas organizaciones criminales y en Las Palmas incluso se abrió un centro de entrenamiento para la guerra secreta. Como la dictadura franquista se mantenía en el poder únicamente gracias al apoyo de los anglosajones, todos los miembros de su gobierno provenían del Gladio. Al morir el Caudillo, la condición previa del tránsito hacia la democracia fue que se mantuvieran las bases militares estadounidenses en España y que el país se incorporara a la OTAN. El Gladio pasó entonces a la clandestinidad, sin abandonar por el poder.

RED VOLTAIRE | BASILEA (SUIZA) | 15 DE JUNIO DE 2011
FRANÇAIS
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Este artículo es la continuación de:
1. «Cuando el juez Felice Casson reveló la existencia del Gladio…»
2. «Cuando se descubrió el Gladio en los Estados europeos…»
3. «Gladio: Por qué la OTAN, la CIA y el MI6 siguen negando»
4. «Las cloacas de Su Majestad»
5. « La guerra secreta, principal actividad de la política exterior de Washington »
6. « La guerra secreta en Italia »
7. « La guerra secreta en Francia »
El Fuhrer Adolfo Hitler y el Caudillo Francisco Franco.

En el caso de España, la guerra de la derecha contra la izquierda y los comunistas no se desarrolló en forma de guerra secreta. Fue una guerra abierta y brutal que duró 3 años y dejó 600 000 víctimas en total, tantas como la Guerra de Secesión en Estados Unidos. El historiador Víctor Kiernan observa con bastante agudeza que un «ejército, supuestamente encargado de garantizar la seguridad de la nación, puede comportarse a veces como un perro guardián que muerde a la gente que debería proteger». Pudiera pensarse que ese análisis se inspira en los ejércitos secretos stay-behind. Con esa frase. Kiernan describía sin embargo el principio de la Guerra Civil española, que comenzó el 17 de julio de 1936, cuando un pequeño grupo de militares conspiradores trataron de tomar el poder. Cierto es que «los generales españoles tienen, al igual que sus primos de Sudamérica, la mala costumbre de meterse en política» [1].

El golpe de Estado militar del general Franco y sus cómplices se produjo después de que la izquierda reformadora de Manuel Azada ganara las elecciones del 16 de febrero de 1936 y aplicara numerosos programas a favor de las capas más desfavorecidas de la sociedad. Para la poderosa y mal controlada casta militar española, España estaba entonces a punto de caer en manos de los socialistas, los comunistas, los anarquistas y otros izquierdistas anticlericales. Muchos, en las filas del ejército español, estaban convencidos de que tenían que salvar el país de la amenaza roja del comunismo que provocaba purgas y asesinatos masivos en la URSS de Stalin. Algunos historiadores, entre ellos el propio Kiernan, son menos indulgentes cuando analizan las causas de la guerra de España. Estiman que «los culpables no podían estar más a la vista (…) El caso de España es muy sencillo. Un gobierno democráticamente electo fue derrocado por el ejército. No era difícil tomar partido. De un lado, los pobres. Del otro, los fascistas, los poderosos, los grandes terratenientes y la Iglesia.» [2]

En Grecia, el putsch de 1967 permitió a los militares tomar el poder en menos de 24 horas. Pero en la España de 1936, la oposición de la población civil española fue tan masiva que la República luchó por espacio de 3 años antes de que Franco lograra instaurar la dictadura militar. La lucha fue larga e intensa, no sólo porque numerosos ciudadanos tomaron las armas contra el ejército sino también porque 12 Brigadas Internacionales se formaron espontáneamente para respaldar la resistencia republicana contra Franco. Hecho único en la historia mundial, jóvenes idealistas, hombres y mujeres, provenientes de más de 50 países, se incorporaron voluntariamente a las Brigadas Internacionales, que reunieron finalmente entre 30 000 y 40 000 miembros. La mayor parte eran obreros, pero había también profesores, enfermeras, estudiantes y poetas que iban a luchar por España. «Era realmente muy importante estar allí, en aquel momento histórico, y ayudar. Realmente fueron los años más importantes de mi vida», comenta, 60 años más tarde, Thora Craig, una enfermera británica nacida 1910. Robert James Peters, nacido en 1914, yesista de profesión, declaró: «Si alguna vez hice algo útil en mi vida, seguramente fue aquello.» [3]

Miembros de las Brigadas Internacionales (en este caso, de la Brigada Lincoln).

A pesar del apoyo de las Brigadas Internacionales, los socialistas y comunistas españoles no lograron impedir el golpe de Estado de Franco ya que este último tuvo el respaldo de Mussolini y de Hitler, además de beneficiarse con la decisión de no intervenir que tomaron los gobiernos de Gran Bretaña, Francia y Estados Unidos. Estimando que el comunismo español era para ellos más peligroso que un dictador fascista, los mencionados gobiernos asistieron impávidos a la muerte de la República Española. En el contexto de los primeros momentos de la Segunda Guerra Mundial, mucho se escribió sobre el fracaso de los primeros ministros del Reino Unido y Francia –Chamberlain y Daladier– en detener a Hitler y Mussolini en septiembre de 1938. Pero hubo bastante menos comentarios sobre el silencioso respaldo de Londres y París al anticomunismo italiano y alemán. Mientras la Unión Soviética armaba a los defensores de la República española, Hitler y Mussolini enviaron a España más de 90 000 soldados armados y entrenados. La aviación alemana fue además responsable de verdaderas masacres, como el bombardeo contra la aldea de Guernica, inmortalizado por Picasso. Como resultado, el gobierno británico enterró definitivamente la República Española, el 27 de febrero de 1939, al otorgar su definitivo reconocimiento al régimen de Franco. Al garantizar la neutralidad de España en la futura guerra, Hitler y Mussolini garantizaban también la seguridad de su flanco oeste. Mientras la lucha contra el comunismo seguía desarrollándose a escala europea con los repetidos intentos hitlerianos de invasión contra la Unión Soviética –intentos fracasados, pero al precio de un considerable número de víctimas–, el dictador Franco devolvió el favor a las potencias del Eje enviando su División Azul a Rusia a luchar junto a la Wehrmacht.
El general Francisco Franco (al centro) con el general Emilio Mola (a la derecha).

Después de la Segunda Guerra Mundial, los enemigos comunistas internos en Europa Occidental eran comúnmente llamados «Quintas Columnas». Aquel término había sido utilizado originariamente para designar los ejércitos secretos fascistas durante la guerra civil española y el primero en utilizarlo fue el general franquista Emilio Mola. Como en octubre de 1936 –3 meses después del golpe de Estado de Franco– Madrid seguía en manos de los republicanos y de las Brigadas Internacionales, Franco ordenó a Mola tomar la capital combinando la astucia y la fuerza bruta. Horas antes del asalto, en una manipulación que se hizo legendaria, Mola anunció a la prensa que disponía de 4 columnas, en espera fuera de la ciudad, y que una «quinta columna» de partidarios de Franco ya se encontraba dentro de Madrid. Al no portar uniformes ni insignias y ser así capaces de moverse sin problemas entre los enemigos de Franco, los miembros de aquella «quinta columna» infiltrada eran, según Mola, los más temibles de todos sus combatientes.

Aquella estrategia resultó eficaz ya que sembró el miedo y la confusión entre los comunistas y los socialistas que defendían Madrid. «La policía emprendió en la noche de ayer un registro sistemático en todos los inmuebles de Madrid en busca de rebeldes [franquistas]», reportó el New York Times al día siguiente de la declaración de Mola. Aquellas órdenes eran resultado «aparentemente de un reciente anuncio del general Emilio Mola a través de la emisora radial de los rebeldes. Afirmó que contaba con 4 columnas de tropas posicionadas fuera de la ciudad y con una quinta columna que esperaba la entrada [de las anteriores], escondida dentro de la capital.» [4] A pesar de que el asalto dirigido por el general Mola resultó en definitiva un fracaso, el temor a la famosa quinta columna de hombres de la extrema derecha persistió a lo largo de toda la guerra. Mike Economides, un comandante chipriota de las Brigadas Internacionales, acostumbraba a informarle a los nuevos reclutas que la guerra de España se estaba librando en dos frentes, con «el enemigo delante y la quinta columna detrás» [5].

El término «quinta columna» sobrevivió a la guerra civil española y sirvió desde entonces para designar a los ejércitos secretos o grupos subversivos armados que operan clandestinamente dentro de la zona de influencia de su enemigo. Durante la Segunda Guerra Mundial, Hitler creó quintas columnas nazis encargadas de preparar el terreno, en Noruega y en otros países, para facilitar la invasión por parte del ejército regular alemán. Después de derrotar a Alemania, el bloque occidental y la OTAN se adueñaron de la expresión y la adaptaron al contexto de la guerra fría. El término «quinta columna» se empleó entonces para designar los ejércitos secretos comunistas. Muy pronto los especialistas en operaciones de guerra clandestina denunciaron «la rapidez del “mundo libre” en permitir que proliferaran en su territorio las quintas columnas comunistas» [6]. No fue hasta 1990 que finalmente se supo que probablemente la mayor red de quintas columnas de la historia era la red stay-behind de la OTAN.

Franco gobernó España con mano de hierro. Desde 1936 hasta su muerte, en 1975, no se organizó ni una elección libre en España. Entre los arrestos arbitrarios, los simulacros de juicios, la tortura y los asesinatos, era mínimo el peligro de que los comunistas o los socialistas lograran ganar influencia. Es por ello que al ser interrogado sobre la existencia de Gladio en España, Calvo-Sotelo, quien había sido primer ministro entre febrero de 1981 y diciembre de 1982, respondió con una mezcla de ironía y amargura que bajo la dictadura de Franco «Gladio era el gobierno». Alberto Oliart, ministro de Defensa del gobierno de Calvo-Sotelo, hizo una observación similar al calificar de «pueril» el hecho de preguntarse si la España franquista también había tenido un ejército secreto de extrema derecha ya que «aquí, Gladio era el gobierno» [7].

En el contexto de la guerra fría, Washington no se alió inmediatamente al criminal Franco. Por el contrario, después de las muertes de Hitler y de Mussolini, algunos elementos de la OSS estimaban que la siguiente etapa de la lucha antifascista era lógicamente el derrocamiento del Caudillo. Fue así que, en 1947, precisamente en momentos en que acababa de crearse la CIA, la OSS emprendió la «Operación Banana». Anarquistas catalanes recibieron entonces ciertas cantidades de armas y desembarcaron en las costas españolas con el objetivo de derrocar el régimen franquista. Parece, sin embargo, que no hubo entre los anglosajones un verdadero consenso en cuanto a la necesidad política de deshacerse de Franco, a quien algunos, en Londres y Washington, veían más bien como una importante carta de triunfo. Finalmente, el MI6 británico acabo informando a los servicios secretos españoles sobre la existencia de la Operación Banana. Los rebeldes fueron arrestados y fracasó así el «contragolpe de Estado» [8].


El almirante español Carrero Blanco, miembro del Opus Dei y oficial de enlace de Gladio, presta juramento sobre la Biblia ante el Caudillo Franco junto a su gobierno.

En 1953, Franco consolidó su posición en la escena internacional al firmar con Washington un pacto que permitía a Estados Unidos el despliegue de misiles, tropas, aviones y antenas SIGINT (Signals Intelligence) en territorio español. En reciprocidad, Estados Unidos sacó a España de su aislamiento internacional convirtiéndola en 1955, a pesar de la oposición de muchos países, comenzando por la Unión Soviética, en miembro de la Organización de Naciones Unidas. Como muestra de respaldo a la «muralla contra el comunismo» que era España, el secretario de Estado John Foster Dulles, hermano del director de la CIA Allen Dulles, se reunió con Franco en diciembre de 1957 y el hombre de confianza del Caudillo, Carrero Blanco, puso especial cuidado en cultivar las relaciones entre la dictadura española y la CIA. A fines de los años 1950, «las relaciones se habían fortalecido, convirtiendo el aparato de inteligencia de Franco en uno de los mejores aliados de la CIA en Europa» [9].

Al igual que los dictadores de Latinoamérica, Franco se había convertido en un aliado de Washington. Tras las bien cerradas puertas de una oficina de enlace político situada en los pisos superiores de la embajada de Estados Unidos en Madrid, el jefe de la estación local de la CIA y su equipo de acción clandestina seguían de cerca la vida política española y la moldeaban. Siguiendo el comportamiento típico de los oligarcas, Franco se enriqueció y garantizó su control sobre el poder instaurando una jerarquía basada en los privilegios y la corrupción. Autorizaba la obtención de enormes beneficios provenientes de negocios sucios a sus más cercanos colaboradores, quienes a su vez beneficiaban a sus propios subordinados, y así sucesivamente… Toda la estructura del poder militar tenía que contar con la aprobación del Caudillo y dependía de él para sobrevivir [10].

En ese contexto, el ejército y los servicios secretos españoles prosperaron fuera de todo control y se dedicaron al tráfico de armas y de estupefacientes, así como al terrorismo en la misma escala que al contraterrorismo. La dictadura de Franco no disponía de uno sino de 3 ministerios de Defensa: uno para las fuerzas terrestres, otro para la fuerza aérea y otro más para la marina de guerra. Cada uno de aquellos 3 ministerios tenía su propio servicio de inteligencia: Segunda Sección Bis para el ejército terrestre, Segunda Sección Bis para la fuerza aérea y el Servicio de Información Naval (SEIN) para la marina de guerra. El Estado Mayor español (Alto Estado Mayor, AEM), dirigido por el propio Franco, tenía además su propio servicio secreto, el SIAEM (Servicio de Información del Alto Estado Mayor). Coronando todo ese conjunto, el ministerio del Interior dirigía también dos servicios: la Dirección General de Seguridad (DGS) y la Guardia Civil [11].

En 1990 se descubrió que agentes de los servicios secretos españoles habían codirigido, junto a la CIA, una célula del Gladio español en Las Palmas, Islas Canarias. La base fue construida al parecer en 1948 y estuvo operando durante los años 1960 y 1970. Agentes del servicio de inteligencia de las fuerzas terrestres parecen haber estado profundamente implicados en la red secreta stay-behind. André Moyen, quien fue miembro del SDRA, la inteligencia militar belga, de 1938 a 1952, afirmó que la Segunda Bis estaba siempre «muy bien informada sobre el Gladio» [12]. El historiador francés Roger Faligot confirmó las declaraciones de Mouen y subrayó que, en los años 1950, el ejército secreto español había estado bajo la dirección del cónsul de los Países Bajos Herman Laatsman, quien era «muy amigo, al igual que su esposa, de André Moyen» [13]. Una segunda confirmación llegó de Italia, donde el coronel Alberto Vollo declaró en 1990 que «en los años 1960 y 1970 existía efectivamente en Las Palmas, Islas Canarias, un centro de entrenamiento del Gladio dirigido por instructores americanos. En el mismo lugar había también instalaciones SIGINT americanas.» [14]

André Moyen aceptó responder a las preguntas del diario comunista belga Drapeau Rouge. En momentos en que la guerra fría estaba llegando a su fin, Moyen confirmó así a sus antiguos enemigos que, durante años de servicio activo, él mismo había participado directamente en la Operación Gladio y en misiones secretas contra los partidos comunistas de numerosos países. Contó este ex agente lo mucho que le había sorprendido que los servicios secretos españoles no fuesen objeto de una investigación más profunda ya que él sabía de fuentes fidedignas que dichos servicios habían desempeñado «un papel crucial en el reclutamiento de los agentes del Gladio» [15]. Según el testimonio de Moyen, en septiembre de 1945, el ministro belga del Interior Vleeschauwer lo había enviado a una reunión con el ministro del Interior italiano Mario Scelba, con la misión de elaborar estrategias destinadas a impedir que los comunistas lograran llegar al poder. Más tarde, Francia había mostrado el mismo interés y el ministro francés del Interior Jules Moch había puesta a Moyen en contacto con el director del SDECE, Henri Ribiere. El ex agente del SDRA afirmó haberse reunido también, en los años 1950 y con la mayor discreción, con altos militares de la neutral Suiza [16].

Declaró Moyen que sus primeros contactos con la rama española de la red Gladio databan de octubre de 1948, época en que «una célula de la red operaba en Las Palmas», Islas Canarias. Oficialmente, Moyen había sido enviado a Canarias para investigar un fraude vinculado a un combustible enviado por vía marítima desde Bélgica hacia el Congo vía las Islas Canarias. Según el testimonio de Moyen «El fraude beneficiaba a los representantes de las más altas autoridades españolas y nosotros descubrimos además un importante tráfico de drogas». Cuando Bélgica reveló la existencia de aquel tráfico, el dictador Franco envió «dos agentes de la Segunda Bis» del Estado Mayor encargados de ayudar en la investigación. «Aquellos hombres estaban muy bien informados, fueron de gran ayuda para mí», recuerda Moyen. «Hablábamos de montones de cosas y tuve la oportunidad de comprobar que estaban muy al corriente de la red Gladio» [17].

En 1968, Franco tuvo también que hacer frente al movimiento internacional de protesta de los estudiantes. Por temor a la aparición de manifestaciones masivas, el ministro de Educación de España pidió al jefe del SIAEM, el general Marcos, que organizara operaciones secretas contra las universidades. En 1968, el almirante Carrero Blanco, muy cercano a la CIA, creó en el seno del SIAEM una nueva unidad especial de guerra secreta bautizada como OCN cuyo blanco eran los estudiantes, los profesores y el movimiento revolucionario social en su conjunto. Después de varias operaciones exitosas, Carrero Blanco decidió, en marzo de 1972, convertir la subdivisión OCN del SIAEM en un nuevo servicio secreto denominado SECED (Servicio Central de Documentación de la Presidencia del Gobierno), servicio que puso bajo el mando de José Ignacio San Martín López, quien ya dirigía la OCN desde 1968 [18]. Según el autor especializado en el Gladio Pietro Cedomi, el SECED mantenía estrechos vínculos con el ejército stay-behind español, numerosos agentes eran miembros de ambas organizaciones a la vez, y el ejército secreto participó en la represión desencadenada contra los estudiantes y los profesores opositores [19].


El teniente coronel SS Otto Skorzeny adquirió toda una reputación de especialista en operaciones comando durante la Segunda Guerra Mundial. Su logro más importante fue la organización del rescate de Benito Mussolini, la Operación Eiche. Durante la guerra fría, Skorzeny creó la empresa de mercenarios Paladin Group, basada en España. Realiza entonces operaciones secretas para el Gladio y para otros clientes, como los coroneles griegos, el régimen sudafricano del apartheid, el coronel Kadhafi y el SDECE francés de Jacques Foccart. Trabaja también para transnacionales como Cadbury Schweppes y Rheinmetall.

Durante la guerra fría, la dictadura de Franco dio refugio a numerosos terroristas de extrema derecha que habían participado en la guerra secreta contra el comunismo en Europa Occidental. En enero de 1984, el extremista italiano Marco Pozzan, miembro de la organización Ordine Nuovo, reveló al juez Felice Casson, el magistrado que descubrió la existencia de los ejércitos secretos, que una verdadera colonia de fascistas italianos se había establecido en España durante los últimos años del régimen franquista. Más de 100 conspiradores habían huido de Italia después del fracaso del golpe de Estado neofascista del príncipe Valerio Borghese, en diciembre de 1970. Los partidarios de la extrema derecha, incluyendo al propio Borghese así como a Carlo Cicuttini y Mario Ricci, se habían reagrupado en España bajo la dirección del notorio terrorista internacional Stefano Delle Chiaie, cuyos hombres habían ocupado el ministerio italiano del Interior durante el fallido golpe de Estado.

En España, Delle Chiaie se vinculó a los fascistas de otros países europeos, como el ex nazi Otto Skorzeny; el ex oficial francés, miembro de la OAS y cercano al Gladio Yves Guerain-Serac y el director de Aginter Press, agencia de prensa ficticia basada en Portugal que servía de pantalla para la CIA. Los servicios secretos de Franco empleaban a Skorzeny como «consultor en seguridad» y contrataron a Delle Chiaie para perseguir a los opositores de Franco en España y en el exterior. Delle Chiaie organizó un millar de operaciones sangrientas, entre las que se cuentan unos 50 asesinatos. La guerra secreta en España consistió esencialmente en asesinatos y la realización de actos de terrorismo. Los miembros del ejército secreto de Delle Chiaie, como Aldo Tisei, confesaron posteriormente ante magistrados italianos que durante su exilio en España habían perseguido y asesinado militantes antifascistas españoles por encargo de los servicios secretos de España [20].
Stefano Delle Chiaie, fundador de Avanguardia Nazionale, miembro de la logia Propaganda Due (P2), dirigente de la World Anti-Communist League. Perpetró numerosos asesinatos y torturas en el marco de la Operación Cóndor en Argentina, Bolivia y Chile.


Marco Pozzan, quien huyó de España a principios de los años 1970, reveló que «Caccola», como apodaban a Delle Chiaie, recibía muy buena paga por los servicios que prestaba en España. «Hacía viajes muy costosos, siempre en avión, incluyendo vuelos transatlánticos. Caccola recibía casi siempre el dinero de los servicios secretos y de la policía española.» Entre los blancos del fascista se hallaban los terroristas de ETA (Euskadi Ta Askatasuna) que luchaban por la independencia del país vasco. Por orden de Caccola, agentes subversivos se infiltraron en las células de ETA y entre sus simpatizantes. «Sabemos que Caccola y sus hombres actuaron contra los autonomistas vascos por orden de la policía española», recordó Pozzan. «Yo recuerdo que durante una manifestación en Montejurra, Caccola y su unidad organizaron una batalla entre dos movimientos políticos opuestos. Para que no se pudiera acusar a la policía española de intervenciones violentas injustificadas, Caccola y su unidad tenían que provocar e instaurar el desorden. Aquel día incluso hubo varios muertos. Fue en 1976.» [21]

En 1975, después del fallecimiento de Franco, Delle Chiaie comprendió que España había dejado de ser un lugar seguro y se fue a Chile. Allí lo reclutó Pinochet, el dictador chileno aupado por la CIA. En el marco de la Operación Cóndor, Pinochet le ordenó perseguir y matar a los opositores chilenos en todo el continente latinoamericano. Caccola se fue después a Bolivia, donde formó escuadrones de la muerte y desencadenó nuevamente una «violencia sin límites». Nacido en 1936, Stefano Delle Chiaie sigue siendo hoy el más conocido de los terroristas miembros de los ejércitos secretos que combatieron el comunismo en Europa y en el mundo durante la guerra fría. Este fascista fue la pesadilla de los movimientos de izquierda del mundo entero, pero después de su huida de España prácticamente no volvió más al Viejo Continente, excepto en 1980, cuando la policía italiana sospecha que volvió a su país natal para perpetrar el atentado de la estación de Bolonia. El 27 de marzo de 1987 este intocable mercenario fue finalmente arrestado en Caracas por los servicios secretos venezolanos, a los 51 años. En sólo pocas horas, agentes de los servicios secretos italianos y de la CIA llegaron a Caracas. Caccola no expresó ningún remordimiento, pero señaló en pocas palabras que muchos gobiernos lo habían protegido durante su guerra contra la izquierda a cambio de que él ejecutara para ellos ciertas misiones: «Hubo atentados. Eso es un hecho. Los servicios secretos enmascararon las pistas. Eso es otro hecho.» [22]


El 20 de diciembre de 1973, los nacionalistas vascos de ETA ejecutaron al almirante Carrero Blanco.














Su automóvil blindado Dodge Dart GT 3700 activó una mina que lo lanzó a 35 metros de altura. Carrero Blanco murió a causa del impacto provocado por el aplastamiento del vehículo.
En junio de 1973, sintiendo la proximidad de su propio fin, Franco había nombrado primer ministro a Carrero Blanco, su oficial de enlace con la CIA y gran arquitecto de sus servicios secretos. Pero la mayoría de la población odiaba a Carrero Blanco, debido a sus métodos brutales, y este murió en diciembre del mismo año cuando su automóvil hizo estallar una mina de ETA. Considerada hasta aquel momento como «folklórica», la organización terrorista franco-española ETA se convirtió entonces, como resultado del asesinato del primer ministro español, en un peligroso enemigo del Estado.

Después de la muerte de Franco, el 20 de noviembre de 1975, la transformación del aparato español de seguridad resultó difícil. El SECED (Servicio Central de Documentación de la Defensa), que era el más conocido de los servicios secretos de España, fue rebautizado como CESID (Centro Superior de Información de la Defensa). Su primer director, el general José María Burgón López-Doriga, se ocupó sin embargo de que el nuevo órgano se conformara esencialmente con ex agentes del SECED. De esa manera, la guerra secreta desatada con la complicidad de los extremistas italianos podía continuar, como subrayó la prensa en 1990, cuando se descubrió la existencia de los ejércitos secretos: «Hace una semana, el diario español El País descubrió el último vínculo conocido entre España y la red secreta. Carlo Cicuttini, cercano del Gladio, participó activamente en el atentado de la estación de Atocha, en Madrid, en enero de 1977.» «Después vino el ataque de un comando de extrema derecha contra la oficina de un abogado cercano al partido comunista, [atentado] que dejó 5 muertos. El hecho provocó pánico, (…) porque se temía que fuera el comienzo de una nueva serie de atentados tendientes a obstaculizar el proceso de transición democrática en España.» [23]

El guerrero de la sombra de extrema derecha Cicuttini había huido a España en un avión militar después del atentado dinamitero de Peteano, en 1972. Fue precisamente al investigar ese atentado años después que el juez Felice Casson logró llegar hasta el terrorista de extrema derecha Vincenzo Vinciguerra y el ejército secreto, lo cual llevó al descubrimiento de la red europea Gladio. En España, Cicuttini se había puesto al servicio de la guerra secreta de Franco quien, en pago, lo protegía de la justicia italiana. En 1987, esta última lo condenó a cadena perpetua por su participación en el atentado de Peteano. Sin embargo, como síntoma de la persistente influencia que su aparato militar seguía ejerciendo por debajo de la mesa, la España ya convertida en democracia se negó a entregarlo a las autoridades italianas alegando que, al casarse con la hija de un general español, Cicuttini se había convertido en ciudadano español. No fue hasta abril de 1998, a la edad de 50 años, que el terrorista fue finalmente arrestado en Francia y extraditado a Italia [24].

Como todos los ejércitos secretos de Europa Occidental, la red anticomunista española se mantenía sistemáticamente en estrecho contacto con la OTAN. En 1990, al estallar el escándalo, el general italiano Gerardo Serravalle, quien dirigió el Gladio en su país desde 1971 hasta 1974, escribió un libro sobre la rama italiana del ejército secreto de la OTAN [25]. Serravalle contaba en dicho libro que, en 1973, los responsables de los ejércitos secretos de la alianza atlántica se habían reunido en el CPC, en Bruselas, en el marco de un encuentro extraordinario para discutir la admisión de la España franquista en el seno del Comité. Los servicios secretos militares franceses y la muy influyente CIA defendieron al parecer la admisión de la red española mientras que Italia, representada por Serravalle, se opuso porque se sabía que la red española estaba protegiendo en aquella época a varios terroristas italianos. «Nuestras autoridades políticas se hubieran visto en una situación especialmente delicada ante el Parlamento», escribe el general en su libro, de haberse sabido no sólo que Italia mantenía un ejército secreto sino que, además, colaboraba estrechamente con la red clandestina española que albergaba y protegía a terroristas italianos. Por lo tanto, España no fue admitida oficialmente en el CPC [26].

En una segunda reunión del CPC, esta vez en París, los representantes de los servicios secretos de Franco estuvieron nuevamente presentes. Aseguraron que España merecía integrar el centro de comando del Gladio ya que hacía mucho que había autorizado a Estados Unidos el estacionamiento de sus misiles nucleares en territorio español y la entrada de los navíos de guerra y los submarinos estadounidenses en puertos españoles sin haber recibido nunca nada a cambio de parte de la OTAN. Teniendo en cuenta la barrera natural que constituyen los Pirineos y la distancia que separaba España de las fronteras de la URSS, es probable que el desarrollo de capacidades de resistencia en caso de ocupación no fuese el principal objetivo de los agentes de los servicios secretos españoles presentes en aquella reunión. Es más probable que su objetivo fuera disponer de una red secreta operativa para luchar contra los socialistas y los comunistas españoles. «En cada reunión hay una “hora de la verdad”. Sólo hay que esperarla», explica Serravalle. «Es el momento en que los delegados de los servicios secretos, relajados ante una botella o una taza de café, están más dispuestos a hablar con franqueza. En París, aquel momento llegó durante la pausa del café. Me acerqué a uno de los representantes españoles y empecé por decirle que su gobierno quizás había sobrestimado la envergadura de la amenaza comunista proveniente del este. Yo quería provocarlo. Pareció muy sorprendido y reconoció que España tenía un problema con los comunistas (“los rojos”). Por fin sabíamos la verdad.» [27]

España se convirtió oficialmente en miembro de la OTAN en 1982. Pero el general italiano Serravalle reveló que contactos no oficiales habían tenido lugar mucho antes de esa fecha. Según Serravalle, España «no entró por la puerta sino por la ventana». Por invitación de Estados Unidos, el ejército secreto español había participado, por ejemplo, en un ejercicio stay-behind bajo el mando de las fuerzas estadounidenses realizado en Baviera, en marzo de 1973 [28]. Parece además que el Gladio español también formó parte, bajo el nombre codificado de «Red Quantum», del segundo órgano de mando en el seno de la OTAN, el CC. «Cuando España se integró a la OTAN en 1982, su estructura stay-behind cercana al CESID (Centro Superior de Información de la Defensa), sucesora del SECED, se incorporó al ACC», precisó Pietro Cedoni, autor especializado en Gladio. «Eso provocó conflictos en el seno del Comité. Los italianos del SISMI [los servicios secretos militares de Italia] acusaban esencialmente a los españoles de respaldar indirectamente a los neofascistas italianos a través de su red stay-behind “Red Quantum”.» [29]

No es posible afirmar con certeza que los socialistas españoles del primer ministro Felipe González, quien llegó al poder en 1982, conocían aquel programa de colaboración con la OTAN. El nuevo gobierno democrático se mostraba, en efecto, especialmente desconfiado hacia el CESID, que dirigía el coronel Emilio Alonso Manglano y sobre el que no tenían prácticamente ningún control. En agosto de 1983 se supo que agentes del CESID escuchaban clandestinamente las conversaciones de los ministros socialistas desde los sótanos de la sede del gobierno. A pesar del escándalo que aquello provocó, Manglano logró conservar su puesto. En 1986, cuando España fue aceptada en la Comunidad Europea luego de una notable transición democrática, muchos esperaban que el antiguo aparato de los servicios secretos fuera finalmente derrotado y puesto bajo estricto control del gobierno. Pero aquella esperanza, existente también en muchos otros países de Europa Occidental, fue barrida por el descubrimiento de la red de ejércitos stay-behind conocida como Gladio.

Cuando la prensa comenzaba a interesarse de cerca por los ejércitos secretos, a finales de 1990, el diputado comunista español Carlos Carnero sospechó con toda razón que España había sido una de las principales bases del Gladio y que había acogido a neofascistas de numerosos países, quienes gozaron de la protección del aparato estatal franquista. La sospecha de Carlos Carnero fue confirmada por Amadeo Martínez, un ex coronel que había tenido que dejar el ejército español por las cosas que decía y que declaró a la prensa en 1990 que bajo el régimen de Franco España había sido efectivamente base de una estructura tipo Gladio que había realizado, entre otras operaciones dignas de condena, acciones de espionaje contra opositores políticos [30]. La televisión estatal transmitió entonces un reportaje sobre Gladio que confirmaba que agentes de la red habían venido a España a entrenarse bajo la dictadura de Franco. Un oficial italiano familiarizado con los ejércitos secretos testimoniaba que soldados de la red stay-behind de la OTAN se habían entrenado en España desde 1966 –y quizás antes de ese año– hasta mediados de los años 1970. El ex agente afirmaba que él mismo se había entrenado, al igual que 50 de sus compañeros de armas, en la base militar de Las Palmas, Islas Canarias. Según él, la mayoría de los instructores de Gladio eran estadounidenses [31].

Pero era evidente que no todos estaban tan bien informados. Javier Rupérez, primer embajador de España ante la OTAN, de junio de 1982 a febrero de 1983, afirmó a la prensa que nada sabía de Gladio. Rupérez, entonces miembro del conservador Partido Popular y director de la Comisión de Defensa, declaró: «Nunca supe nada sobre ese tema. Yo no tenía la menor idea de las cosas de las que me estoy enterando ahora al leer los periódicos.» Fernando Morán, ministro socialista de Relaciones Exteriores hasta julio de 1985, dijo ante las cámaras que no sabía nada de Gladio: «Nunca durante mis años en el ministerio ni en cualquier otro momento me llegó la menor información, indicación o rumor sobre la existencia de Gladio ni de nada por el estilo.» [32]

El diputado Antonio Romero, miembro del partido opositor Izquierda Unida (IU) se interesó mucho en el misterioso asunto y se puso en contacto con varios ex agentes implicados. Llegó a la convicción de que aquella red secreta también había operado en España y que había «actuado contra militantes comunistas y anarquistas, específicamente entre los mineros de Asturias y los nacionalistas catalanes y vascos» [33]. El 15 de noviembre, Romero pidió por lo tanto al gobierno español del primer ministro socialista Felipe González y al ministro de Defensa Narcís Serra que explicaran con exactitud qué papel había desempeñado España en el marco de la Operación Gladio y los ejércitos stay-behind de la OTAN. Al día siguiente, Felipe González declaró a la prensa que «ni siquiera había pensado» que España pudiese desempeñar algún papel en la Operación Gladio [34]. Pero Romero no se dio por satisfecho con aquella respuesta y formuló entonces 3 preguntas muy precisas. La primera fue: «En su condición de miembro de la alianza [atlántica], ¿tiene el gobierno español intenciones de pedir a la OTAN explicaciones sobre las actividades y la existencia de una red Gladio?» La segunda pregunta también tenía que ver con la OTAN. Romero quería saber si el ejecutivo español pensaba abrir «un debate y una investigación sobre las actividades de Gladio a nivel de los ministros de Defensa, de los ministros de Relaciones Exteriores y de los primeros ministros de los países miembros de la OTAN». Para terminar, el diputado preguntaba si el gobierno español creía posible una traición de la OTAN en la medida en que «ciertos países han operado a través de Gladio sin que se le informara a España en el momento de su entrada al Tratado [en 1982]» [35].


El Caudillo había previsto la restauración de la monarquía para después de su muerte y había escogido al joven Juan Carlos de Borbón y Borbón-Dos Sicilias como futuro rey de España. 
Pero el régimen se había hecho anacrónico, por lo que Washington decidió favorecer la integración de España a la naciente Unión Europea y obligó al joven rey a dirigir la transición democrática, con la condición de que mantuviera las bases militares estadounidenses y entrara en la OTAN.
Al día siguiente, los diarios españoles anunciaban en primera plana: «Los servicios secretos españoles mantenían estrechos vínculos con la OTAN. [El ministro de Defensa] Serra ordena una investigación sobre la red Gladio en España.» El tema era explosivo para la frágil democracia española. Citando fuentes anónimas, la prensa reveló que «activistas [de Gladio] habían sido reclutados en las filas del ejército y de la extrema derecha». Serra dio muestras de gran incomodidad y en su primera respuesta a los periodistas se apresuró a precisar que «cuando llegamos al poder en 1982 no encontramos nada por el estilo» y agregó que fue así «probablemente porque nos incorporamos a la OTAN muy tarde, cuando disminuía la intensidad de la guerra fría». Serra aseguró además a la prensa que, en respuesta a las preguntas del diputado Romero, él mismo había ordenado la apertura de una investigación de su propio ministerio para sacar a la luz las posibles conexiones entre España y Gladio. Pero fuentes cercanas al gobierno revelaron a los periodistas que la investigación interna estaba más destinada a enmascarar los hechos que a revelarlos ya que el objetivo anunciado era «confirmar que esa organización específica no había operado en España» [36]. Serra, que quería sobre todo enterrar el asunto, había puesto la investigación en manos del CESID, detalle revelador ya que el sospechoso investigaba así su propio crimen.

Así que nadie se sorprendió cuando, el 23 de noviembre de 1990, respondiendo a la solicitud de Romero, Narcís Serra anunció al parlamento español que, según los resultados de la investigación que había realizado el CESID, España nunca había formado parte de la red secreta Gladio «ni antes ni después de la llegada de los socialistas al poder». Prudentemente, el ministro agregó: «Se ha hablado de contactos durante los años 1970, pero resultará muy difícil para los servicios actuales determinar la naturaleza exacta de esos contactos.» Serra, quien adoptaba un discurso cada vez más ambiguo, llamó a los diputados a confiar en su propio «buen sentido» más que en los documentos, los testimonios, los hechos y las cifras disponibles: «Dado que en aquella época España no era miembro de la OTAN, el buen sentido nos sugiere que no puede tratarse de vínculos muy estrechos.» Aquello no fue del agrado de la prensa española, la que replicó que el ministro de Defensa estaba haciendo propaganda o simplemente no conocía ni controlaba su propio ministerio [37].

Romero no juzgó satisfactorias las respuestas de Serra e insistió en que se interrogara al director del CESID de aquella época. «Si el CESID no sabe nada de todo esto, hay que expulsar al general Manglano», concluyó Romero ante los periodistas. En efecto, Manglano no sólo era el jefe del CESID sino también el delegado español ante la OTAN en materia de seguridad. El escándalo alcanzó su punto más álgido cuando, a pesar de los pedidos del parlamento, Manglano simplemente se negó a responder. Furioso, Romero dedujo que era evidente que, en España, «las más altas autoridades militares están implicadas en el caso Gladio» [38].
Leopoldo Calvo-Sotelo (1926-2008), presidente [primer ministro] del gobierno español de 1981 a 1982.

Después de comprobar el fracaso del gobierno de la época en revelar la verdad, la prensa española se volvió hacia el más alto dignatario ya retirado de la joven democracia y le preguntó si sabía algo más sobre aquel misterioso asunto. Como primer ministro desde febrero de 1981 hasta diciembre de 1982, Calvo-Sotelo había nombrado a Manglano a la cabeza del CESID y respondió que Gladio no existía en España: «No tuve conocimiento de que haya existido aquí nada de ese género y puedo asegurarles que yo lo hubiera sabido de ser el caso.» Cuando los periodistas insistieron, recordando que los ejércitos stay-behind habían existido en el mayor secreto en toda Europa Occidental, Calvo-Sotelo se molestó, calificó la red Gladio de «ridícula y criminal» y declaró: «Si me hubiesen informado de una cosa tan descabellada, yo habría reaccionado inmediatamente.» [39]

El ex primer ministro confirmó que cuando España dio sus primeros pasos hacia la democracia, después de la muerte de Franco, hubo temor por la reacción del Partido Comunista Español. Pero «los pobres resultados que obtuvo el PCE en los primeras elecciones y los resultados aún más ridículos que obtuvo en los siguientes escrutinios disiparon nuestros temores». Calvo-Sotelo había sido uno de los principales artífices de la adhesión de España a la OTAN, pero dijo a la prensa que en el momento de unirse a la alianza atlántica, no se había informado por escrito a España de la existencia de una red Gladio clandestina. «No hubo ninguna correspondencia escrita sobre ese tema», dijo Calvo-Sotelo, antes de agregar de forma bastante sibilina: «Y por lo tanto no había tampoco por qué hablar de ello, si hubiese sido el tipo de tema del que se pudiera hablar.» Explicó Calvo-Sotelo que, antes de la firma del Tratado por parte de España en mayo de 1982, él sólo había asistido a algunos encuentros con los representantes de la OTAN y recordó que el PSOE había llegado al poder a finales de aquel mismo año y que él había tenido que dejarle el puesto de primer ministro a Felipe González. Finalmente, las autoridades no ordenaron ni investigación parlamentaria ni presentación de informe público sobre la cuestión del Gladio.

(Continuará…)

viernes, enero 28, 2011

Los ejercitos secretos de la OTAN

por Daniele Ganser.
Viejo Topo
Acaba de aparecer (Los ejércitos secretos de la OTAN. La Operación Gladio y el terrorismo en Europa Occidental, El Viejo Topo 2010) la exhaustiva investigación que Daniele Ganser ha efectuado sobre las organizaciones creadas por la CIA y el MI6 en toda Europa -España incluida- cuyo objetivo fundamental consistía en impedir que los comunistas pudieran alcanzar el poder ya fuera por las armas o bien democrática¬mente. Aquí reproducimos un breve fragmento.

Cuando John F. Kennedy fue nombrado presidente en enero de 1961, la política de los Estados Unidos hacia Italia cambió sustancialmente, porque Kennedy, a diferencia de sus predecesores Truman y Eisenhower, simpatizaba con el PSI. Estaba de acuerdo con un análisis de la CIA que estimaba que en Italia la fuerza de los socialistas, incluso sin ayuda desde fuera, implicaba un sentimiento de izquierdas que miraba hacia delante, hacia una forma democrática de socialismo. Pero los planes de Kennedy de reformas se encontraron con la resistencia del Departamento de Estado y la CIA. El Secretario de Estado Dean Rusk relataba con horror a Kennedy que por ejemplo Riccardo Lombardi, del PSI, había pedido públicamente el reconocimiento de la China comunista, la retirada de las bases militares norteamericanas en Italia, incluyendo la importante base naval de la OTAN en Nápoles, y había declarado que el capitalismo y el imperialismo debían ser combatidos. ¿Sería éste el partido con el que los Estados Unidos deben tratar? cualquier otro funcionario del gobierno de los EEUU. Walters aseguró que si Kennedy permitía al PSI ganar las elecciones, los EEUU tendrían que invadir el país. Karamessines, más sutil, sugirió que las fuerzas dentro de Italia que se oponían a la apertura hacia la izquierda debían ser fortalecidas. Esta absurda situación se desarrolló de modo que el presidente Kennedy se vio enfrentado al Secretario de Estado y al Director de la CIA.

El día de las elecciones, en abril de 1963, la pesadilla de la CIA se materializó: los comunistas ganaban fuerza mientras el resto de partidos perdía escaños. La DCI caía hasta el 38 por ciento, el peor resultado desde su fundación. El PCI alcanzó el 25 por ciento Y junto con el14 por ciento del triunfante PSI, se aseguraba una victoria arrolladora. Por primera vez en la Primera República, la izquierda dominaba el Parlamento. Los simpatizantes de la izquierda italiana celebraron en las calles la novedad de que los socialistas obtuvieran también puestos de gobierno bajo el liderazgo del primer ministro, el democristiano Aldo Moro, representante del ala izquierda de la DCI. El Presidente Kennedy estaba realmente complacido y en junio de 1963 decidió visitar Roma, para regocijo de muchos italianos. El aeropuerto estaba abarrotado y una vez más los americanos fueron recibidos con banderas y vítores. "Es una persona maravillosa. Parece mucho más joven de lo que su edad indica. Me ha invitado a visitar los Estados Unidos", de¬claró un entusiasmado Pietro Nenni, líder del PSI.

Kennedy había permitido a Italia un giro hacia la izquierda.
Puesto que los socialistas habían obtenido puestos de gobierno, los comunistas italianos también exigieron que su resultado en las urnas fuese premiado con cargos, y en mayo de 1963 el sindicato de trabajadores de la construcción se manifestó en Roma. La CIA estaba en estado de alerta y miembros de Gladio vestidos de policía y de civil aplastaron la manifestación, dejando más de 200 manifestantes heridos.


Pero para Italia lo peor estaba aún por llegar. En noviembre de 1963, en DalIas, Kennedy era asesinado en extrañas cir¬cunstancias. Y cinco meses más tarde la CIA, junto con SIFAR [Servicio de información de las Fuerzas Armadas italianas], Gladio y los carabinieri, llevó a cabo un golpe de Estado que forzó a los socialistas italianos a abandonar sus puestos de gobierno, en los que llevaban muy poco tiempo.

Con el nombre en código de Piano solo, el golpe de Estado fue dirigido por el general Giovanni De Lorenzo, al que el ministro de defensa de la DCI, Giulio Andreotti, había ascen¬dido de jefe de la SIFAR hasta la Jefatura de la policía militarizada italiana, los carabinieri. De Lorenzo, en estrecha coope¬ración con Vernon Walters, experto en guerra secreta de la CIA, William Harvey, jefe del centro de la CIA en Roma, y Renzo Rocca, jefe de las unidades de Gladio dentro del servicio secre¬to militar SID, aumentó la intensidad de la guerra secreta. Rocca utilizó a su ejército secreto Gladio para bombardear las oficinas de la DCI y las oficinas de unos pocos periódicos, y después culpó del atentado a la izquierda, para desacreditar tanto a comunistas como socialistas. Al no tambalearse el gobierno, De Lorenzo dio instrucciones a sus soldados secretos, el 25 de marzo de 1964, para que a su señal ocuparan ofi¬cinas gubernamentales, los centros de comunicación más importantes, las sedes de los partidos de izquierdas y las direcciones de los periódicos más cercanos a la izquierda, así como las centrales de radio y televisión. Las agencias de prensa debían ser ocupadas durante el tiempo exacto que tomara destruir las máquinas de imprenta y hacer imposible la publi¬cación de los periódicos. De Lorenzo insistió en que la opera¬ción debía ser llevada a cabo con la máxima energía y decisión, "libres de toda duda o indecisión" y, como se afirma en los informes de la investigación parlamentaria sobre Gladio, sus hombres estaban "enfervorecidos y ansiosos".

Con el nombre en código de Piano solo, el golpe de Estado fue dirigido por el general Giovanni De Lorenzo, al que el ministro de defensa de la DCI, Giulio Andreotti, había ascendido de jefe de la SIFAR hasta la Jefatura de la policía militari¬zada italiana, los carabinieri. De Lorenzo, en estrecha coope¬ración con Vernon Walters, experto en guerra secreta de la CIA, William Harvey, jefe del centro de la CIA en Roma, y Renzo Rocca, jefe de las unidades de Gladio dentro del servicio secre¬to militar SID, aumentó la intensidad de la guerra secreta. Rocca utilizó a su ejército secreto Gladio para bombardear las oficinas de la DCI y las oficinas de unos pocos periódicos, y después culpó del atentado a la izquierda, para desacreditar tanto a comunistas como socialistas. Al no tambalearse el gobierno, De Lorenzo dio instrucciones a sus soldados secre¬tos, el 25 de marzo de 1964, para que a su señal ocuparan ofi¬cinas gubernamentales, los centros de comunicación más im¬portantes, las sedes de los partidos de izquierdas y las direcciones de los periódicos más cercanos a la izquierda, así como las centrales de radio y televisión. Las agencias de prensa debían ser ocupadas durante el tiempo exacto que tomara destruir las máquinas de imprenta y hacer imposible la publi¬cación de los periódicos. De Lorenzo insistió en que la opera¬ción debía ser llevada a cabo con la máxima energía y deci¬sión, "libres de toda duda o indecisión" y, como se afirma en los informes de la investigación parlamentaria sobre Gladio, sus hombres estaban "enfervorecidos y ansiosos".

Los gladiadores, equipados con listas de cientos de perso¬nas sospechosas, debían localizar a socialistas y comunistas, arrestados y deportarlos a la isla de Cerdeña, donde el centro secreto de Gladio serviría como prisión. El documento sobre "Las Fuerzas Especiales de SIFAR y la Operación Gladio" espe¬cifica que "en lo que respecta al cuartel general, el Centro de Entrenamiento de Saboteadores CAG, está protegido por un sistema de seguridad especialmente sensible y está equipado con instalaciones y equipamiento diseñados para ser útiles en caso de emergencia." En una atmósfera de gran tensión, el ejército secreto estaba listo para comenzar el golpe. Entonces, el 14 de junio de 1964, De Lorenzo dio el disparo de salida, y entró con sus tropas en Roma con tanques, transportes blin¬dados, jeeps y lanzadores de granadas para participar en un desfile, mientras las fuerzas de la OTAN realizaban una gran maniobra militar en el área para intimidar al gobierno italia¬no. Astutamente el general planeó que la demostración de fuerza tuviera lugar en la víspera del 1500 aniversario de la fundación del cuerpo de Carabinieri y, junto al presidente ita¬liano Antonio Segni, ferviente anticomunista del ala derecha de la DCI, saludó a las tropas desde el palco con una sonrisa. Los socialistas italianos advirtieron que era poco habitual para un desfile que los tanques y lanzagranadas no se retiraran tras el espectáculo, sino que permaneciesen en la ciudad durante mayo y la mayor parte de junio de 1964.

El primer ministro Aldo Moro estaba alarmado y se reunió en secreto con el general De Lorenzo en Roma. Era por su¬puesto una reunión extremadamente inusual, entre un primer ministro en medio de una crisis política y un general planean¬do reemplazarlo por un régimen más severo. Tras el encuen¬tro, los socialistas abandonaron silenciosamente sus cargos ministeriales y enviaron a sus socialistas más moderados para un segundo gobierno con Moro. "Repentinamente los partidos políticos se dieron cuenta de que podían ser reemplazados. En caso de un vacío de poder como resultado del fracaso de la izquierda, la única alternativa habría sido un gobierno de emergencia" y "en este país eso habría significado un gobierno de derechas", recordaba años después el socialista Pietro Nen¬ni. Tras el golpe las huellas de Gladio fueron borradas. Varios años después, en junio de 1968, los investigadores quisieron entrevistar al comandante de Gladio Renzo Rocca. El gladia¬dor estaba dispuesto a cooperar pero el día antes de su testi¬monio fue encontrado muerto de un disparo en la cabeza en su apartamento de Roma. Un juez que comenzó a investigar el asesinato fue relevado del caso por altas instancias. "No hay duda de que la operación correspondía a los intereses de sec¬tores de la administración de los Estados Unidos", se lamenta¬ba el comité parlamentario encargado de la investigación ita¬liana sobre Gladio. El historiador Bernard Cook describió acertadamente la operación Piano Solo como "una copia de carbón de Gladio". El investigador italiano Ferraresi concluyó que "la naturaleza realmente criminal del plan ha sido final¬mente reconocida hoy", lamentando que Piano Solo tuviera una inmensa influencia a la hora de "obstruir y vaciar de con¬tenido la primera coalición de izquierdas de posguerra, quizás el único intento genuino de gobierno reformista en todo el período".

Tras llevar a cabo el golpe, el general De Lorenzo, bajo órde¬nes del COS Thomas Karamessines controló en secreto a toda la élite italiana. Sobre todo reunió datos sobre "comporta¬mientos irregulares", como relaciones extramatrimoniales, re¬laciones homosexuales, y el consumo de prostitución femeni¬na y masculina. En la jerga de Langley esto permitió a la CIA y al SIFAR tener a la élite italiana "cogida por las pelotas", y la amenaza de sacar a la luz los detalles comprometedores ayu¬dó en los años siguientes a controlar a políticos, sacerdotes, hombres de negocios, sindicalistas, perio¬distas y jueces; De Lorenzo llegó incluso a instalar micrófonos en el Vaticano y en el palacio del primer ministro, permitiendo a la CIA controlar y grabar toda conversación de alto nivel en Italia. El descubrimiento de la operación secreta supuso una conmo¬ción para la población italiana, cuando una investigación parlamentaria en el SIFAR reveló que se habían acumulado archivos que contenían textos y fotos sobre las vidas de más de 157.000 personas. Algunos fiche¬ros eran enormes. El dossier sobre el profe¬sor Amintore Fanfani, un senador de la DCI que había ocupado numerosos puestos mi¬nisteriales, incluyendo el de primer minis¬tro, consistía en cuatro volúmenes, cada uno tan grueso como un diccionario.

Las personas fueron espiadas con cáma¬ras, realizando fotos muy próximas, con sistemas secretos que controlaban su co¬rrespondencia, registros de lo que habían dicho en sus llama¬das telefónicas, documentación con fotos de sus relaciones extramatrimoniales o hábitos sexuales. La comisión parla¬mentaria bajo el mando del general Aldo Beolchini no dejó de advertir que se guardaban "especialmente los datos que po¬dían ser utilizados como instrumentos de intimidación".

Frente a la comisión de investigación parlamentara, De Lorenzo se vio obligado a admitir que los Estados Unidos y la OTAN le habían ordenado organizar los archivos. Esta confe¬sión se encontró con la feroz crítica de la comisión parlamen¬taria. "El aspecto más grave de todo este asunto está en el hecho de que una parte significativa de la actividad secreta de SIFAR", aseveraban los parlamentarios, "consistió en la recogi¬da de información para los países de la OTAN y para el Vaticano". Los senadores estaban escandalizados. Dijeron, según publicó The Observer: "Esta situación es incompatible con la constitución. Es una violación abierta de la soberanía nacional, una violación de los principios de libertad e igual dad de los ciudadanos, y una amenaza constante para el equi¬librio democrático de nuestro país."

La guerra silenciosa de la CIA, sin embargo, estaba más allá del control de los parlamentarios italianos. En la medida en que el nombre del servicio secreto militar cambió tras el escándalo de SIFAR a SID, y el general Giovanni Allavena fue nombrado su nuevo director, los parlamenta¬rios ordenaron a De Lorenzo la destrucción de todos los archivos secretos. Lo hizo, pero des¬pués de dar una copia tanto a Thomas Kara messines como al director general del SID Giovanni Allavena. Fue un regalo destacable, que permitía a su poseedor controlar clandes¬tinamente Italia desde dentro. En 1966, el gene¬ral Allavena fue reemplazado como director del SID por el general Eugenio Henl


Años después se supo hasta qué punto la CIA y el director de P2 Licio Gelli habían manipulado la política italiana para mantener a los comunistas fuera del poder. Gelli nació en 1919 y fue educado sólo a medias: fue expulsado de la escue¬la con 13 años de edad por golpear al maestro; se enroló con 17 años como voluntario en las Camisas Negras para luchar en el bando franquista durante la guerra civil española. Durante la segunda guerra mundial fue sargento mayor en la división Goering de las SS alemanas y al final de la guerra escapó por poco de los partisanos italianos, refugiándose en el ejército norteamericano. Frank Gigliotti, de la Logia Masónica nortea¬mericana, reclutó personalmente a Gelli y le dio instrucciones para organizar un gobierno parálelo anticomunista en Italia, en estrecha cooperación con el centro de la CIA en Roma. "Fue Ted Shackley, director de todas las acciones clandestinas de la CIA en Italia en los años setenta, quien presento al jefe de la Logia masónica a Alexander Haig", según consta en un informe interno de la unidad italiana antiterrorista. De acuer¬do con el documento el Consejero militar de Nixon, el general Haig, que había dirigido las tropas norteamericanas en Vietnam y después sirvió, desde 1974 hasta 1979, como SA¬CEUR de la OTAN, y el Consejero Nacional de seguridad de Nixon, Henry Kissinger, "autorizaron a Gelli a finales de 1969 para que reclutase a 400 oficiales de alto rango italianos y de la OTAN en su Logia". Los contactos de Gelli con los Estados Unidos continuaron siendo excelentes a lo largo de la guerra fría. Como señal de confianza y respeto, Gelli fue invitado en 1974 a la ceremonia de investidura de Gerald Ford y de nuevo, en 1977, estuvo presente en la ceremonia de investidura del presidente Cartero Cuando Ronald Reagan fue nombrado pre¬sidente en 1981 Gelli tuvo el honor de poder sentarse en pri- mera fila en Washington. Era el hombre de Washington en Ita¬lia y, tal Y como lo veía él, salvó al país de la izquierda: "Me¬rezco una medalla", había dicho.

En abril de 1981, los magistrados de Milán, en el marco de una investigación criminal, irrumpieron en la villa de Licio Gelli en Arezzo y descubrieron los archivos de la P2, cuya existencia era desconocida. Una investigación parla¬mentaria al mando de Tina Anselmi, para sorpresa de la ma¬yoría de italianos, revelaba que las secretas listas de miem¬bros de la anticomunista P2 confiscadas daban cuenta de al menos 962 miembros, con una cantidad total estimada en 2.500. La lista podía leerse como un "Quién es quién en Italia" e incluía no solamente a los más conservadores sino también a algunos de los más poderosos miembros de la sociedad italiana: 52 oficiales de la policía militarizada (Carabinieri), 50 eran oficiales de alto rango del ejército ita¬liano, 37 eran oficiales de alto rango de la policía de finan¬zas, 29 oficiales de alto rango de la marina italiana, 11 jefes de la policía, 70 industriales influyentes y ricos, 10 presi¬dentes de bancos, 3 ministros en activo, 2 ex ministros, 1 presidente de un partido político, 38 miembros del Parla¬mento y 14 jueces de altos tribunales. Otros miembros de la alta jerarquía socio económica eran alcaldes, directores de hospitales, abogados, notarios y periodistas. El miembro más conocido era Silvio Berlusconi, elegido primer ministro de Italia en mayo de 2001, por coincidencia exactamente 20 años después del descubrimiento del la P2.