El evento central del Congreso —el informe de Jruschov “Sobre el culto a la personalidad y sus consecuencias” — se ha presentado a menudo como un acto de valentía. Pero la cuestión decisiva no es si se reconocieron los errores; el marxismo nunca ha temido la crítica. La cuestión es cómo se interpretaron esos errores y qué rumbo político justificó dicha interpretación. En lugar de situar la represión, las purgas internas y las rígidas medidas administrativas dentro de las realidades materiales de la construcción socialista bajo el cerco, el sabotaje y la guerra inminente, el XX Congreso reformuló todo un período histórico a través de la lente de la desviación personal. Las contradicciones estructurales se redujeron a patología psicológica. La dialéctica de la lucha de clases fue sustituida por la narrativa moral.
Este no fue un simple cambio de tono. Fue una ruptura metodológica. El marxismo-leninismo explica los procesos históricos a través del movimiento de clases y el desarrollo de las condiciones materiales. Al personalizar las contradicciones de las décadas de 1930 y 1940, el Congreso las desvinculó de su contexto social y geopolítico. Reemplazó un análisis de la construcción socialista en condiciones de aguda confrontación de clases con una narrativa de “distorsión”, neutralizando así el concepto de presión contrarrevolucionaria interna y externa. Los años durante los cuales la Unión Soviética se industrializó a una velocidad sin precedentes, colectivizó la agricultura, derrotó al fascismo y reconstruyó una economía devastada ya no fueron tratados como una etapa coherente de consolidación socialista, sino como una era ensombrecida por la distorsión. Al deslegitimar el liderazgo bajo el cual ocurrieron estas transformaciones, el Congreso desestabilizó implícitamente la legitimidad del propio proyecto socialista.
El fundamento fáctico de las acusaciones de Jruschov ha sido objeto de un riguroso escrutinio desde entonces. El libro " Jruschov mintió " de Grover Furr se erige como una de las investigaciones de archivo más sistemáticas del "Discurso Secreto". Mediante una extensa documentación, Furr argumenta que muchas de las afirmaciones centrales presentadas en 1956 carecían de fundamento o eran manifiestamente falsas. La importancia de este trabajo no reside en la polémica, sino en el método. Reabre el registro histórico y obliga a reevaluar si el giro ideológico inaugurado en el XX Congreso se basó en pruebas sólidas o en una narrativa políticamente construida. Si el discurso funcionó menos como una autocrítica científica y más como una justificación para un nuevo rumbo político, entonces el Congreso debe evaluarse en consecuencia.
Ese nuevo rumbo se hizo visible en la recalibración teórica del Estado socialista. Lenin había insistido en que la lucha de clases no desaparece bajo el socialismo; cambia de forma. La dictadura del proletariado sigue siendo necesaria porque persisten vestigios burgueses en los hábitos económicos, las supervivencias ideológicas y las presiones internacionales. Sin embargo, el XX Congreso marcó un cambio. El discurso oficial enfatizó cada vez más la atenuación de las contradicciones antagónicas y la evolución hacia un "Estado de todo el pueblo". Este cambio se codificó posteriormente de forma más explícita en el XXII Congreso, pero su premisa teórica se introdujo en 1956: la idea de que el socialismo había entrado en una fase en la que la lucha de clases ya no era central para la política estatal. Lo que se había entendido como una forma transicional de gobierno proletario se reformuló gradualmente como una estructura que trascendía la lucha de clases.
Este ajuste teórico tiene consecuencias prácticas. Cuando se minimiza la persistencia de la contradicción de clase, la vigilancia se debilita. Los estratos administrativos y gerenciales adquieren mayor autonomía. Las relaciones mercantiles se tratan menos como contradicciones a superar y más como instrumentos a expandir. La dimensión política de la construcción socialista cede ante la gestión tecnocrática. La lucha contra el oportunismo deja de ser central; se vuelve secundaria, incluso excesiva. La Resolución del XVIII Congreso del KKE sobre el Socialismo identifica precisamente este debilitamiento de la lucha contra el oportunismo y la expansión de las relaciones mercantiles como elementos decisivos que, con el tiempo, erosionaron el poder socialista desde dentro. La Resolución enfatiza que el retroceso en la claridad teórica precedió al retroceso en la práctica económica y política.
La redefinición de la coexistencia pacífica ilustra aún más este cambio. Lenin concibió la coexistencia como una necesidad táctica impuesta por el equilibrio de fuerzas, nunca como un horizonte estratégico. Después de 1956, la coexistencia pacífica adquirió un carácter más permanente. La estabilidad diplomática y la conciliación con el imperialismo se elevaron a la categoría de principios rectores. En el XX Congreso, se planteó formalmente la posibilidad de una «transición parlamentaria pacífica» al socialismo en ciertos países capitalistas, lo que marcó un cambio significativo respecto de la concepción leninista clásica de ruptura revolucionaria. La transformación revolucionaria del sistema internacional quedó relegada a un segundo plano respecto a la gestión de las relaciones internas. Los partidos comunistas de los países capitalistas hicieron cada vez más hincapié en las vías parlamentarias, presentando la reforma gradual dentro de la legalidad burguesa como una estrategia general viable. El oportunismo, antes criticado como adaptación al orden existente, adquirió nueva legitimidad bajo la autoridad de la línea soviética.
Estos cambios no desmantelaron el socialismo de inmediato. La Unión Soviética continuó logrando avances en ciencia, educación y asistencia social. Pero la dirección había cambiado. El Congreso normalizó la reinterpretación de las categorías marxistas-leninistas fundacionales, abriendo así espacio para posteriores revisiones programáticas en las décadas siguientes. La Resolución del XVIII Congreso del Partido Comunista de Grecia, en su evaluación sistemática de la construcción socialista, identifica el debilitamiento de la planificación central, la expansión de las relaciones mercantiles y el retroceso en la lucha contra el revisionismo como elementos decisivos en la erosión del poder socialista. Dentro de este análisis más amplio, el XX Congreso no aparece como un episodio aislado, sino como el momento en que tales desviaciones comenzaron a consolidarse en el ámbito de la doctrina oficial.
Las consecuencias a largo plazo ya son parte de la historia. La fragmentación del campo socialista, el fortalecimiento de las corrientes oportunistas en numerosos partidos comunistas y la expansión gradual de los mecanismos de mercado dentro de la economía soviética formaron un proceso acumulativo. Para cuando la Perestroika aceleró estas tendencias, las defensas ideológicas del socialismo ya se habían visto comprometidas. La contrarrevolución no surgió espontáneamente a finales de la década de 1980; maduró dentro del espacio teórico y político abierto cuando el revisionismo se legitimó al más alto nivel del Partido. La contrarrevolución de 1991 no surgió espontáneamente; fue la culminación de décadas en las que el retroceso teórico precedió al retroceso político.
Setenta años después del XX Congreso, su importancia reside precisamente en esta transformación de línea. No restauró el capitalismo, pero redefinió las premisas teóricas de la construcción socialista. Personalizó la contradicción histórica, suavizó la concepción de la lucha de clases y priorizó la conciliación estratégica sobre el avance revolucionario. Estos no fueron ajustes secundarios; fueron reorientaciones fundamentales.
Una crítica marxista-leninista ortodoxa del jruschovismo no se basa en la nostalgia ni en la defensa acrítica de personalidades. Se basa en la fidelidad al método. La construcción socialista requiere claridad sobre la persistencia de las contradicciones de clase, firmeza en la dictadura del proletariado y resistencia a la dilución teórica disfrazada de renovación. Cuando estos elementos se debilitan, la restauración se hace concebible.
El XX Congreso sigue siendo un punto de inflexión porque en 1956 la línea cambió y, una vez que la línea cambió, el equilibrio de fuerzas dentro del socialismo comenzó a cambiar con ella.
-Nikos Mottas es el editor jefe de In Defense of Communism .
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